Diario de un testigo de la guerra de África

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Descripción

Diario de un testigo de la guerra de África es el más conocido de los relatos de viajes Pedro Antonio de Alarcón. En él narra sus impresiones como soldado en la Guerra del África de 1859, de una manera vivida y realista, contando desde dentro la vida que llevaban los soldados en las campañas de la guerra de África y los lugares por donde se movían. Este libro procede de los relatos periodísticos que Pedro Antonio de Alarcón enviaba a su editor en España durante la campaña y contiene una amplia descripción de la vida militar. Alarcón se alistó como voluntario al inicio de las guerras en las colonias españolas en Marruecos. Diario de un testigo de la guerra de África (1861) es la crónica de esta experiencia, una visión inusitada del Islam y el nacionalismo hispánico. Su autor recibió un balazo en un combate, y su libro fue tan popular que se vendieron cincuenta mil ejemplares en su época.
El Diario es el relato heroico de las acciones bélicas de España en el Magreb. Alarcón parece una extraña mezcla de romántico y patriota colonial, fascinado por la aventura africana y por las victorias de españolas en esta guerra hoy casi olvidada. Sin embargo, cabe destacar que fue uno de los primeros en denunciar la manipulación política que hubo en torno a esta contienda.

“Nacido al pie de Sierra-Nevada, desde cuyas cimas se alcanza a ver la tierra donde de la morisma duerme su muerte histórica; hijo de una ciudad que conserva clarísimos vestigios de la dominación musulmana, como que fue una de sus últimas trincheras en el siglo XV y figuró después grandemente en la rebelión de los moriscos; amamantado con las tradiciones y crónicas de aquella raza que, como las aguas del Diluvio, anegó a España y la abandonó luego, pero dejando en montes y llanuras señales indelebles del cataclismo; habiendo pasado mi niñez en las ruinas de alcázares, mezquitas y alcazabas, y acariciado los sueños de la adolescencia al son de cantos de los moros, inspirado por su poesía, quizá bajo los mismos techos que cobijaron sus últimos placeres, natural era que desde mis primeros años me sintiese solicitado por la proximidad del África y anhelase cruzar el Mediterráneo para tocar, digámoslo así, en aquel continente, la increíble realidad de lo pasado.
Más tarde, cuando los movimientos de mi corazón y los delirios de mi fantasía se convirtieron en ideas; cuando mi afición a lo extraordinario y maravilloso se trocó en amor a la patria, cifrándose en ardiente afán de su prosperidad y de su gloria; cuando, más español y cristiano que poeta amante de los moros, mis propensiones individuales principiaron a convertirse en aspiraciones colectivas y a dilatarse por el horizonte político, ya no fue mero deseo de cumplir una peregrinación romántica lo que me llevó a soñar de nuevo con la cercana morería; fue el convencimiento de que en África estaba el camino de aquella verdadera grandeza nacional que los españoles perdimos por resultas del descubrimiento de América y del casamiento de la hija de los Reyes Católicos con un príncipe de la Casa de Austria; fue el pensar que todos los tesoros que nos llegaron de las Indias y todos los triunfos alcanzados en Italia, en Flandes y en Alemania por Carlos V y Felipe II, de nada sirvieron para impedir que España decayera miserablemente el día que a la expulsión de los judíos sucedió la de los moriscos; fue el ver tan claro como la luz del Sol que la política exterior de la nación española debía reducirse a una constante expansión material o moral, guerrera o política, comercial o religiosa, civilizadora, en una palabra, hacia aquel continente que se percibía desde nuestras costas y en el que ya teníamos asentada la planta; fue, por último, el temor de que, en otro caso, Francia o Inglaterra, o las dos juntas, nos arrebatasen esa misión providencial, dejándonos bloqueados entre los mares y el Pirineo, y privados de todo horizonte en que desenvolver la actividad de nuestro pueblo, que no siempre ha de estar condenado a destrozarse en guerras civiles.”

Edición de referencia: Madrid, Establecimiento Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra, 1917.

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