Cenizas

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ISBN ebook9788490077320
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Descripción

Cenizas. Emilia Pardo Bazán:

“Nos encontrábamos reunidos en el gran balneario muchos clientes del célebre especialista doctor Veiga, que tanto nombre se ha ganado en el tratamiento de las enfermedades hepáticas, y al saber que llegaba, se resolvió ofrecerle un familiar almuerzo en la robleda. Así se hizo; aceptó complacidísimo el sabio médico; reinó la mayor cordialidad; se comió fuerte y se bebió seco, pese a la dieta y al régimen y a los alifafes de cada uno, y como el doctor aseguraba no haber medicamento más probado para el hígado que el buen humor, salieron a relucir jubilosos recuerdos de la mocedad e historietas picantes. A cosa de las cinco, cuando ya regresábamos dirigiéndonos al manantial, pisando el sendero con precaución, por la rama de pino seca que lo hacía resbaladizo, se cruzó con nosotros un señor machucho, de vacilante andar, uno de esos despojos humanos que en los balnearios suelen verse prorrogando, merced al agua y con permiso del sepulturero, existencias ya temblorosas como la luz que se extingue.
Aquel decrépito, iluminado por un rayo de Sol tan moribundo como él, llamó la atención del doctor, que fue a atravesarse en la senda para verle la cara. El viejo, con mano incierta, elevó su sombrero saludando. Veiga, muy emocionado, repetía:
—¡Pues era verdad! ¡Estaba aquí! ¡Es el mismo!
Nos habíamos quedado solos: los demás comensales ya nos llevaban regular delantera. Pregunté con curiosidad al doctor a quién creía reconocer en el decrépito. Veiga refrenó el paso enganchó su brazo en el mío, y todavía bajo la impresión, dijo con nerviosa viveza:
—¡El pasado que sale de su sepulcro! ¡Mire usted que volver a encontrar en el mundo a Juanito Morán! ¡Al famoso Juanito Morán!
Como la celebridad de Morán no había llegado hasta mí, pedí al doctor explicaciones. Él dudaba; aún le infundía terror el drama sobre el cual muchos lustros habían rodado olas de olvido y silencio. Cuando se resolvió a unir al nombre de Juanito Morán el relato de la leyenda, me volví, queriendo ver una vez más al decrépito, con el natural afán de buscar en las líneas de un cuerpo alguna expresión de las fuerzas devastadoras que arrasan las almas… Ya no se divisaba al anciano; el Sol acababa de ponerse, y su reflejo no enrojecía el paisaje. Un soplo suave y fresco salía del río. La hora era propicia a las confidencias.”

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