A fuego lento

3.00

ISBN papel9788490077405
ISBN ebook9788490074381
Número de páginas194
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Descripción

La obra maestra del escrito cubano Emilio Bobadilla como narrador es A fuego lento. La primera parte de la novela transcurre en Ganga, inspirada en la ciudad colombiana de Barranquilla, donde Bobadilla vivió algunos meses en 1898.
El cuadro que traza es esperpéntico. Por entonces Barranquilla era un puerto principal de Colombia y era llamada «La Nueva York de Colombia», «La Nueva Barcelona» o «La Nueva Alejandría». Tenía varios cines, y las compañías de ópera italianas y de teatro españolas se presentaban allí. A ese lugar llega el doctor Eustaquio Baranda, un exiliado dominicano que ha estudiado medicina en París. El personaje atrae a las poderes locales, los mismos que después lo aborrecen despechados porque ha conquistado los favores de Alicia, deseada por uno de los prohombres lugareños.
Baranda se va a París con Alicia. Y allí se consume su vida en el apetito social de Alicia —exaltado por sus ambiciones y la influencia provinciana de los antiguos conocidos de Ganga—. Muere a pesar de la presencia balsámica de una francesa fina, culta, delicada y distinguida a la que el doctor Baranda renuncia por no tener el valor de separarse de Alicia.

 

Fragmento de la obra

Primera parte

I

«Si le lecteur ne tire pas d’un livre la moralité qui doit s’i trouver, c’est que le lecteur est un imbécile ou que le livre est faux au point de vue de l’exactitude…»

(Gustave Flaubert, Correspondance. Quatrième série, pág. 230, París, 1893.)

Llovía, como llueve en los trópicos: torrencial y frenéticamente, con mucho trueno y mucho rayo. La atmósfera, sofocante, gelatinosa, podía mascarse. El agua barría las calles que eran de arena. Para pasar de una acera a otra se tendían tablones, a guisa de puentes, o se tiraban piedras de trecho en trecho, por donde saltaban los transeúntes, no sin empaparse hasta las rodillas, riendo los unos, malhumorados los otros. Los paraguas para maldito lo que servían, como no fuera de estorbo.
A pesar del aguacero, el cielo seguía inmóvil, gacho, uniforme y plomizo. La gente sudaba a mares, como si tuviera dentro una gran esponja que, oprimida a cada movimiento peristáltico, chorrease al través de los poros. Hasta los negros, de suyo resistentes a los grandes calores, se abanicaban con la mano, quitándose a menudo el sudor de la frente con el índice que sacudían luego en el aire a modo de látigo.
En las aceras se veían grupos abigarrados y rotos que buscaban ávidamente donde poner el pie para atravesar la calle. El río, color de pus, rodaba impetuoso hacia el mar, con una capa flotante de hojas y ramas secas. Tres gallinazos, con las alas abiertas, picoteaban el cadáver hinchado de un burro que tan pronto daba vueltas, cuando se metía en un remolino, como se deslizaba sobre la superficie fugitiva del río.
Ganga era un villorrio compuesto, en parte, de chozas y, en parte, de casas de mampostería, por más que sus habitantes —que pasaban de treinta mil—, negros, indios y mulatos en su mayoría, se empeñasen en elevarle a la categoría de ciudad. Lo cual acaso respondiese a que en ciertos barrios ya empezaban a construirse casas de dos pisos, al estilo tropical, muy grandes, con amplias habitaciones, patio y traspatio, y a que en las afueras de la ciudad no faltaban algunas quintas con jardines, de palacetes de madera que iban, ya hechos, de Nueva York y en las cuales quintas vivían los comerciantes ricos.
Ganga no era una ciudad, mal que pesara a los gangueños, que se jactaban de haber nacido en ella como puede jactarse un inglés de haber nacido en Londres.
—«Yo soy gangueño y a mucha honra» —decían con énfasis, y cuidado quién se atrevía a hablar mal de Ganga.»

Edición de referencia: Barcelona, Imprenta de Henrich y Cía, 1908.