Miami. Pido un Uber, y en nada estoy en Macarthur Causeway, camino al Downtown. Abro la ventanilla y saco la mano para acariciar la brisa marina. Imagino que vuelo a baja altura por la bahía de Miami.

Subo al Omni Loop en el Adrienne Arsht Center.

Pasan como un carrusel, una tras otra, las estaciones:

Museum Park, Eleventh Street, Park West…
Museum Park, Eleventh Street, Park West…
Museum Park, Eleventh Street, Park West…

Miro todo el tiempo por las ventanas, mientras el vagón del Omni Loop hace su recorrido circular, durante horas. El paisaje de los edificios del Downtown, visto desde la altura del Omni Loop, me parece una película futurista asiática. Apenas hay rastros de vida cotidiana. En el Downtown de Miami no hay vida de vecinos. Es una mezcla de oficinas corporativas y edificios de apartamentos impolutos y deshabitados. Estoy en un barrio en que parece que sus habitantes acaban de llegar hace diez minutos. De vez en cuando unos juguetes, abandonados en algún balcón, me recuerdan que en estos edificios vive gente.
Permanezco en el vagón durante cuatro horas. Los homeless bajan y suben, una y otra vez. Muchos visten harapos. Sin embargo, algunos guardan las apariencias. Fingen tener un destino. Parecen haber salido de algún trabajo y dirigirse a algún domicilio. Llevan un portafolio o una mochila de cuero. Incluso espejuelos de marca. Solo se hace evidente que no saben adónde ir al rato de verlos dando vueltas en la noria.

 

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