Aben Humeya o La rebelión de los moriscos

Book Information

Serie: Teatro 176
ISBN ebook: 9788498169973
ISBN papel: 9788498166521
Páginas: 102
Portada: Charles Sprague Pearce: Joyero árabe. Met Museum
Category:Teatro
Author:Francisco Martínez de la Rosa
Categorías: Cultos modernos, Ediciones anotadas, Islam Etiquetas: España, Siglo XIX

Descripción

Aben Humeya o La rebelión de los moriscos, de Francisco Martínez de la Rosa, relata las vicisitudes de Aben Humeya, líder de la rebelión de los moriscos de la Alpujarra, en la España del siglo XVI. Abén Humeya (c.1545-1569) era el apodo de un noble morisco, cuyo nombre cristiano fue Hernando o Fernando de Válor y Córdoba. Abén Humeya es la versión hispanizada del nombre árabe Ibn Umayya, que significa «Hijo de Umayya» haciendo alusión a antepasados  Omeyas.

 

Fragmento de la obra

ACTO I

La escena en Cádiar, en las sierras de la Alpujarra.

El teatro representa una sala de arquitectura arábiga de la casa de campo de Aben Humeya, en las cercanías de Cádiar; está adornada decentemente, pero con mucha sencillez, y vense en las paredes aprestos y despojos de montería. A mano derecha de los espectadores habrá una ventana, y enfrente de ella una puerta; también habrá otra en el foro, por la que se sale a una especie de azotea con vistas al campo. Hasta la escena séptima, todos los actores se presentan vestidos a la española, excepto las mujeres, que tendrán un traje bastante parecido al de las moras, con un gran velo blanco.

Escena I

Aben Humeya, Zulema.

(Aben Humeya estará sentado, componiendo una ballesta. Zulema se levanta, deja en su silla unos bordados que tenía entre manos, y se acerca a él.)

Zulema: ¡No, querido Fernando; el corazón de una esposa no se engaña nunca!… De algún tiempo a esta parte, noto que estás inquieto, caviloso, acosado de tristes pensamientos… Sin duda guardas en tu pecho algún secreto grave; y lo que más temes, al parecer, es que tu Leonor llegue a descubrirlo.

Aben Humeya: ¿Y qué secreto pudiera yo ocultarte?…

Zulema: No lo sé; ¡y cabalmente esa misma duda es la que aumenta mi desasosiego!… Te veo en un estado muy parecido al que me causó tantos días de pesar cuando acabábamos de unirnos en Granada; pero entonces yo misma me anticipaba a disculparte: te hallabas en la flor de la mocedad, veías oprimida a nuestra raza y la sangre real de los Aben Humeyas hervía en tus venas con solo ver al vencedor… Ese fue, y no otro, el motivo que me estimuló a salir cuanto antes de aquella ciudad cautiva, llena de memorias amargas, que mantenían tu ánimo en un estado de tristeza y de irritación, que me puso en mucho cuidado… Después llegué a lisonjearme, te lo confieso con franqueza, de haber logrado mi objeto, desde que fijamos nuestra morada en estas sierras… Al ver que ibas recobrando la paz del alma, me sentía envanecida con mi triunfo; y si tenía que compartirlo, ¡solo era con mi hija!… Me parecía que su presencia serenaba tu corazón; y los delirios de la ambición no perturbaban ya tu sueño…; pero, te lo repito, de algún tiempo a esta parte…

Aben Humeya: ¿Qué has notado? Dilo.

Zulema: ¿Qué he notado?… ¡Todo cuanto puede afligirme!… Evitas con el mayor cuidado desahogar tu corazón conmigo; y hasta parece que temes que se encuentren nuestras miradas… Cuando mi padre, participando también de mis recelos, ha procurado tantear la herida de tu alma para procurarle algún alivio, has escuchado sus consejos con tibieza y desvío; al paso que te veo rodeado de los más díscolos de nuestras tribus, refugiados en las Alpujarras; de cuantos sufren con mayor impaciencia el yugo del cruel Felipe… ¡Guárdate, Fernando mío, guárdate de dar oídos a sus imprudentes consejos; escucha más bien la voz de tu esposa, que te pide por su amor, por nuestra hija, que no expongas una vida de que pende la tuya!