Adúltera

1.00

Book Information

Serie:Teatro 175
ISBN ebook:9788498970012
ISBN papel:9788496290068
Páginas:90
Portada:Christiana Hummer: Abanico. Anverso y reverso
Categories:,
Author:

Categoría: Etiquetas: , ,

Descripción

Adúltera es una obra polémica y moral, escrita por José Martí durante su primer destierro de Cuba, en España. En medio de una exigencia extrema de lealtad, el autor retrata diferentes aristas de la especie humana a través de personajes de marcado carácter alegórico.

 

Fragmento de la obra

Acto I

Época-Siglo XVII

Marido… cuarenta años Amante… veinticinco años
Amigo… treinta años Mujer… veinticinco años

Trajes, severos y lujosos

Decoración cerrada, cuatro puertas laterales y una al foro, a la izquierda en primer término mesa, sillón y taburetes; alfombra.

Escena I

Grossermann (Solo.)

Grossermann: ¡Paz de un momento, grata felicidad de ser amado, bien venidas seáis a mí! Es el hombre en la tierra dueño de sí mismo, y es, sin embargo, su mayor trabajo serlo, que el hombre es el mayor obstáculo del hombre. Y desde que lo fui, desde que empeñé esta lucha que dura en esta tierra toda la vida y ¡quién sabe cuantas vidas en otras! nunca creí en la paz, ni en el contento, ni en más felicidad que este íntimo regocijo que produce ver felices a los otros.
Sufrir para mí no era sufrir: era ensancharme, ser, crecer. Y desde que la amo, creo ya en la felicidad de una hora, porque a su lado me olvido de todas las miserias, y, en la tierra, la única felicidad posible es el olvido de la Tierra.
Cuerpo y alma son ciertamente encarnizados contrarios. No es amor estúpido de cuerpo lo que brota de mí para María: es que el ser humano no está completo en el hombre: es que la mujer lo completa: es que esta indomable vida de mi espíritu necesitaba para no caer vencida, resignación y ternura, abnegación y luz porque, si la luz se perdiera, hallaríasela de nuevo encendida en el alma de una mujer. (Corriendo al encuentro de Guttermann, que entra por la puerta del fondo.) ¡Oh, amigo, enhorabuena llegas! Complacíame ahora de venturas mías: no estaban todas juntas si no te tenía cerca de mí.

Escena II

Grossermann y Guttermann

Guttermann: Fuérame dado venir contento como tú.

Grossermann: Ley parece que no nazca una alegría sin que nazca al mismo tiempo un pesar, mas ¿qué tienes? ¿Te han llegado malas nuevas de tu hermana?

Guttermann: (¡Mi hermana!) No, Grossermann, no: pero tiene afligida a la ciudad la desgracia de Frank.

Grossermann: Pues ¿qué le ha pasado a Frank?

Guttermann: ¿Recuerdas tú que amaba con pasión a su mujer?

Grossermann: Y ¿lo ha engañado?

Guttermann: Engañado, amigo, a él, hombre noble y generoso, con el amor del joven Alfred, vano y necio.

Grossermann: Y ¿ha podido hallar esa malvada hombre superior a Frank?

Guttermann: Ciegas son del alma las mujeres que engañan a sus maridos: no podía ella ver alma tan alta como aquélla.

Grossermann: Y ¿lo supo Frank?

Guttermann: Vive ya en otro mundo el que le robó el cariño de su mujer.

Grossermann: ¿Lo ha matado?

Guttermann: Hallólos al volver a su casa en plática de amor.

Grossermann: ¿La mató a ella?

Guttermann: No: ¿qué hombre mata a una mujer? Pero no fueron más rápidos sus ojos en mirar que sus manos en herir. Lo vio, vio sus labios en las manos de su mujer, vio los labios de la mujer sobre su frente, y los del hombre no volvieron a abrirse más: Allí quedaron fríos: ¡allí oprimió la cabeza del cadáver contra la mano que besaba, y la sacudió sin levantarla con furia que debió darle el infierno! ¡Horrible fue, en verdad, aquel beso tremendo de despedida!

Grossermann: (Ya preocupado.) No de otra manera deben quedar siempre ahogados los besos criminales. Duéleme mucho, duéleme como mi mismo dolor esta desgracia de Frank. No tienes tú mujer. No sabes tú con qué cariño tan receloso se la ama, qué avaro se llega a ser de todos sus momentos, cómo este afecto que entró en nuestro corazón a la par que otros afectos, crece y se desarrolla de manera que es al cabo más grande que todos, más grande que nuestro mismo corazón. Mide tú esta inmensa felicidad: figúrate qué horrible no debe ser el dolor de perderla.

Guttermann: A bien que nace con las amarguras el olvido: solo en él podrá hallar un día consuelo Frank.

Grossermann: (Volviéndose a Guttermann.) Hállanlo en él solo los necios o los pobres de espíritu. ¿Cómo piensas así tú? Cuando más el pesar duerme, pero no muere: ¡ay de las almas secas en que nunca despiertan los pesares! El recuerdo vive, late, obra lenta y silenciosamente. Y hay en la memoria de esta clase de tristezas cúmulo de terribles accidentes que no se olvidan jamás. Hay un hombre que nos ha manchado…
Y ¿cómo te extrañas tú de que yo sienta el pesar de los demás? Pues dime: tú, que no consuelas a nadie, ¿tendrás derecho a que nadie te consuele en tu dolor? A más, que si a mí me preguntaran qué es vivir, yo diría el dolor, el dolor es la vida.