Alboroto y motín de los indios de México

Ficha bibliográfica

Serie:Historia 550
Páginas:140
Portada:Miguel Gonzales: La Conquista de México
Editor:Irving Leonard
Notas de:William G. Bryant
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Descripción

Alboroto y motín de los indios de México. Carlos de Sigüenza y Góngora

 

Fragmento de la obra

Copia de carta de don Carlos de Sigüenza y Góngora, cosmógrafo del Rey en la Nueva España, catedrático de matemáticas en la Real Universidad y capellán mayor del Hospital Real del Amor de Dios de la ciudad, con que le da, razón al almirante don Andrés de Pez del tumulto.

En moneda nueva de nuestros malos sucesos pago de contado a vuestra merced en esta carta (que será bien larga) lo que de las muchas noticias que de los de la Europa me dio en la suya; por falta de embarcación que haya salido de éstos para esos reinos hasta aquí le doy y, no habiendo cosa que más presto llegue, aun a regiones muy apartadas, que una mala nueva y siempre con la circunstancia de diminuta en mucho y monstruosa en todo, me obliga y aun necesita nuestra amistad y correspondencia a que, sin estos vicios, le compendie aquí a vuestra merced cuanto nos ha pasado sin decir cosa que no sea pública y sabidísima y, si acaso le faltare a alguna esta calidad, esté muy cierto de que o rengo razón del fundamento con que se hizo o que me hallé presente.
Ser inseparable compañera de la alegría la tristeza, de la felicidad el infortunio y de la risa el llanto es verdad tan irrefragable que no sólo con voz entera nos la proponen uniformes las historias todas, sino que prácticamente lo advertimos cada día en los sucesos humanos. ¿Qué otra cosa fue la fatalidad lastimosa con que quedará infame por muchos siglos la noche del día ocho de junio de este año de mil seiscientos noventa y dos sino llegar a lo sumo los desdenes con que comenzó la fortuna a mirar a México sin más motivo que haber sido esta ciudad nobilísima teatro augusto donde, con acciones magníficas, representó la fidelidad española la complacencia con que se hallaba por haberle dado la mano de esposa a la serenísima señora doña Mariana de Neoburgo, nuestro glorioso monarca Carlos Segundo?
Hago aquí punto para advertir antes a los que acaso leyeren ésta lo que ya sabe vuestra merced porque, mediante nuestra amistad antigua, me conoce bien.
El que mira un objeto, interpuesto entre él y los ojos un vidrio verde, de necesidad, por teñirse las especies que el objeto envía en el color del vidrio que está intermedio, lo verá verde. Los anteojos de que yo uso son muy diáfanos porque, viviendo apartadísimo de pretensiones y no faltándome nada, porque nada tengo (como dijo Abdolomino a Alejandro Magno), sería en mí muy culpable el que así no fueran; conque acertando el que no hay medios que me tiñan las especies de lo que cuidadosamente he visto y aquí diré, desde luego me prometo, aun de los que de nada se pagan y lo censuran todo, el que dará asenso a mis palabras por muy verídicas.

ALGUNOS LOGROS DURANTE EL GOBIERNO DEL CONDE DE CALVE

Sin poner en parangón con sus predecesores al excelentísimo señor conde de Galve, porque no quiero entrar tropezando con la emulación y la envidia, es voz común de cuantos habitan la Nueva España haber sido el tiempo de su gobierno un remedo del que corría en el Siglo de Oro. Todo sucedía en él como el deseo quería, porque sólo le asistía el deseo de acertar en todo. Por el cariño con que vuestra merced mira este príncipe, bien sé que se complaciera de que yo dejase correr la pluma en tan noble asunto, pero protestando de que cuanto dijere en esta carta se pudiera escribir una difusa historia, vaya sólo en compendio lo que, para prueba de aquella voz común, viene a propósito.
Feliz anuncio de sus acciones fue venírsele a las manos para rendirse a ellas una fragata corsante de las que, llevadas más de la codicia que de los vientos, infestaban el Seno Mexicano y sus costas todas al tiempo que, para venir a su virreinato, navegó aquel mar; más considerable descalabro experimentaron estos piratas poco después cuando, a disposiciones de su heroico celo, con dos galeotas, una falúa y no sé qué canoas de guerra, consiguió desalojarlos de la laguna de Términos que no sólo ocupaban sin resistencia para lograr los cortes de palo de Campeche con interés excesivo para salir de allí como de lugar seguro y muy a propósito para robar sin oposición las embarcaciones con que se enflaquecía por instantes nuestro comercio.
Esta grande frecuencia y tráfico de corsantes por aquel mar tenía a las villa y puerto de San Francisco de Campeche, que es el principal de la provincia de Yucatán, en notable riesgo, porque, de doscientas plazas con que se dotó su presidio, sólo se hallaba con las noventa, y éstas sin persona que supiese de lo militar para gobernarlas.
A la primera noticia que tuvo su excelencia de tan indigna cosa, nombrando a don Pedro Osorio de Cervantes (sargento mayor que era de la Armada de Barlovento y muy inteligente en estas materias) por gobernador de las armadas de aquella villa, reforzó su presidio con ciento treinta soldados hechos; proveyó a éstos de armas de fuego, y remitiendo otras muchas y todo género de municiones no sólo a los que allá estaban, sino a otros muchos que, en caso de necesidad se les agregasen, dejó este puerto totalmente seguro y bien defendido y, consiguientemente, la villa y la provincia toda.
El mismo beneficio han experimentado cuantos presidios dependen en su socorro del virreinato, acudiéndoles a los más de ellos con más gente, con más armas, con más municiones de las que han pedido y, con especialidad, a los mediterráneos por ser fronteras de indios belicosos y siempre indómitos y de cuyos movimientos irracionales jamás se siguen entre los que están pacíficos efectos buenos. Pero más que esto han logrado los marítimos hasta este tiempo; no digo en habérseles también asistido con las mismas armas y municiones que a los primeros sino por habérseles ya asegurado providentísi­mamente sus socorros anuos; venía de cada uno a esta corte un podatario con buen salario y, después de conseguirlos a costa de reverencias y sumisiones, se los llevaban en géneros, si acaso no se los quitaban antes los enemigos, y ya hoy se los conduce en reales la Armada de Barlovento. Cuánto difieren entre sí una y otra disposición es mejor asunto para premeditarlo en discurso que para escribirlo, y aquí sólo le refiero a vuestra merced sencillamente lo que saben todos sin pasarme por el pensamiento comparar gobiernos. No hay quien desee el acierto en lo que maneja, pero como su consecución consiste en ápices, lo consiguen pocos.
Con casi nada, pues no fue sino sólo un amago, quedó limpio de semejantes piratas nuestro Mar del Sur; habían éstos robado no sólo la población de las costas de Colima y de Sinaloa sino ensangrentado sacrílega­ mente sus impías manos, cortándole las narices y orejas a un sacerdote. Pedía este detestable delito venganza al cielo y, queriendo ser el instrumento para conseguirla, este celoso príncipe mandó armar una fragata que, a cargo del capitán de mar y guerra, Antonio de Mendoza, y con azogues que había traído del reino del Perú, se hallaba y muy acaso en el puerto de Acapulco por este tiempo; y a sola su vista, desamparando los piratas aquellas costas, quedaron libres hasta ahora de tan ruin canalla.
Este suceso y la consideración de no hallarse en todo aquel mar, por lo que roca al virreinato de la Nueva España, no sólo embarcación de porte considerable pero ni aun una canoa de que, en caso de urgencia de noticias o de enemigos, se pudiesen servir en el larguísimo trecho que hay desde Tehuantepec hasta Sinaloa, le obligó a disponer se fabricasen dos galeotas en la provincia de Guatemala para guardacosta, las cuales, con los pertrechos de armas y tripulación de gente que necesitan, se hallan hoy en el puerto de Acapulco prontas.
¿Qué pudiera decir de lo que, al abrigo de la Armada de Barlovento, consiguieron los lanceros de la ciudad de Santo Domingo, cuando en la sangrienta batalla del Limonal, en la desolación del Guarico, de Truselmorel y de sus estancias, pagaron los franceses con justa pena cuanto en la costa de la isla Española y de la Tortuga ha perpetrado de hostilidades y desafueros su presunción y soberbia? Y claro está que no tuviera lugar este buen suceso en nuestras historias, si la vigilante providencia de este gran príncipe, con órdenes suyas (y sin ejemplar), no se lo hubiera puesto en las manos a los que gloriosamente lo consiguieron.
De las circunstancias con que esto fue y de sus consecuencias, con título de Trofeo de la justicia española en el castigo de la alevosía francesa escribí el año pasado un librito y lo di a la estampa; dije en él algo de lo mucho que le debe a su excelencia la Nueva España y aquí, con aditamento de mayores cosas porque todo esté junto, repetiré lo propio.

Alboroto y motín de los indios de México