Antología de Julián del Casal

3.00

Número de serie: Historia 90
ISBN ebook: 9788490075272
ISBN papel: 9788490078297
Páginas: 196
Edición de: Ángel Augier
Edición anotada: Autores varios
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Descripción

Antología de Julián del Casal:

Por toda nuestra América era Julián del Casal muy conocido y amado, y ya se oirán los elogios y las tristezas. Y es que en América está ya en flor de la gente nueva, que pide peso a la prosa y condición al verso y quiere trabajo y realidad en la política y en la literatura. Lo hinchado cansó, y la política hueca y rudimentaria, y aquella falsa lozanía de las letras que recuerda los perros aventados del loco de Cervantes. Es como una familia en América esta generación literaria, que principió por el rebusco imitado, y está ya en la elegancia suelta y concisa, y en la expresión artística y sincera, breve y tallada, del sentimiento personal y del juicio criollo y directo. El verso, para estos trabajadores, ha de ir sonando y volando. El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa. No ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble y graciosa. Y ese verso, con aplauso y cariño de los americanos, es el que trabajaba Julián del Casal.

José Martí

Edición a cargo de: Ángel Augier.

 

Fragmento de la obra

Ricardo del Monte

Una noche, en la iglesia del antiguo convento de religiosos dominicos, donde se efectuaba una gran ceremonia nupcial, vi deslizarse por una de las naves laterales, entre el humo azulado del incienso que amortiguaba el brillo de las mechas rojas y negras de los cirios amarillentos, encendidos en el altar, la figura de un caballero retardado que fue a detenerse a la sombra de una columna blanca y dorada, como temeroso de ser visto y ávido de observarlo todo.
Mientras la concurrencia se agrupaba en torno del altar, formando una masa negra, rumorosa y compacta, entre la cual estallaban las blancuras satinadas de las pecheras triangulares y las desnudeces rosáceas de los brazos femeninos, mientras los sacerdotes, revestidos de brillantes casullas de seda color de salmón, cuyas franjas de oro ardían, espejeaban y se oscurecían en el presbiterio, consagraban la unión de los contrayentes; mientras el órgano, desde lo alto del coro, derramaba sus armonías por los ámbitos del templo, lo mismo que una cascada, desde la altura de una montaña, vierte sus raudales en el seno de un bosque, alumbrado por estrellas; aquel caballero atravesó sereno las penumbras del templo, ora solo, ora acompañado, estrechando unas veces las manos de un concurrente, cambiando luego unas frases con otro, recibiendo saludos de todos y fijando frecuentemente sus miradas en los grupos femeninos, de los que emergían crujidos de telas rozadas, susurros de abanicos agitados, cuchicheos de labios sonrientes y ráfagas de perfumes desvanecidos.
Cuando el cortejo nupcial, terminada la ceremonia religiosa, invadió la regia mansión de los jóvenes desposados, volví a encontrar al desconocido caballero y, al preguntar su nombre, alguien dejó caer en mi oído, como moneda de oro en cojín de raso, el de uno de los escritores cubanos que ya la fama me había dado a conocer: Ricardo del Monte. Observándolo entonces mejor, a las llamas doradas y azules del gas que opalizaba la blancura mate de las bombas de cristal, se presentó ante mi vista, del mismo modo que se presentaba hoy, como un hombre de mediana edad, más bien delgado que grueso, revelando en su traje la severa elegancia de un londinense y en sus maneras la delicadeza encantadora de un diplomático, a la vez que el deseo incesante de buscar la sombra, de huir de los sitios de honor, de pasar inadvertido entre los concurrentes y de no atraer las miradas de ninguno de ellos. Mas, como el número de los invitados era excesivo, tenía que permanecer en puesto fijo, satisfaciendo de esta manera mi despierta e infatigable curiosidad. Su estatura era proporcionada, no muy alta ni muy baja. Encima del busto erguido, modelado perfectamente por la negrura atornasolada del frac, que no dejaba adivinar extenuación alguna en el pecho, ni el más simple encorvamiento sobre las espaldas, se elevaba su rostro pálido, de una palidez morena, coloreada por el brillo cálido, de un rojo quemado, de ardiente sangre tropical. El tono general era análogo al de los antiguos retratos alemanes. La frente noble, ancha, alta, serena, luminosa y que parecía, como de la que habla el poeta, tallada para el laurel, estaba coronada de sedosa cabellera, mitad negra, de un negro azuloso, y mitad gris, de un gris anacarado. Tendida casi toda sobre la parte central de su cabeza homérica por medio de una raya trazada a flor de la sien izquierda, descendía luego, rizada en ondas, sin velar la frente, sobre las líneas posteriores del cuello y sobre los lóbulos de las orejas. Bajo el arco de las cejas, anchas, y espesas, brillaban sus pupilas negras, dentro de sus órbitas blancas y brillantes, destellando miradas vagas, bondadosas y desencantadas. La nariz, delgada en la parte superior y ensanchada en la inferior, dejaba ver un bigote fino y ondeado, del mismo color que los cabellos, caído sobre el arco rojizo de los labios, donde se asomaba de vez en cuando, una sonrisa triste, lánguida y acariciadora. Sobre los extremos del bigote, partiendo de las fosas nasales, dos curvas se abrían e iban a perderse en el nacimiento de la barba, toda ella rasurada como la de un sacerdote, próximas ya a la cavidad de las mejillas. Del conjunto de su persona se desprendían, como vapores perfumados del disco de un astro, cierta indolencia criolla, cierta modestia natural y, por encima de todo, cierta bondad oculta, discreta, silenciosa, atrayente, retentiva y espiritual.”

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