Aves sin nido

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 142
ISBN ebook: 9788490074565
ISBN papel: 9788490077580
Páginas: 204
Portada: Pancho Fierro: Papa huevos
Editor: Adriana López-Labourdette
Glosario de: Autores varios
Author:Clorinda Matto
Categorías: Cultos modernos, Ediciones anotadas, Indigenismo, Literatura inca Etiquetas: Latinoamérica, Perú, Siglo XIX

Descripción

Aves sin nido es la obra más destacada de Clorinda Matto, reconocida como la novela precursora del indigenismo, movimiento literario básicamente peruano. Aves sin nido es una denuncia —con una visión filantrópica, sentimental y compasiva— de las precarias condiciones de los indígenas.
En la primera parte de la novela el maltrato a la población indígena, la incompetencia de las autoridades y la corrupción de los curas, marcan el hilo narrativo de la historia.
Y en la segunda parte, la fuerza de lo novelesco, con tintes melodramáticos y folletinescos, se impone, pero sin abandonar la reivindicación social y la queja que subyacen en toda la novela.

«Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fotografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consiguiente moraleja correctiva para aquellos y el homenaje de admiración para estas.»

Proemio de Aves sin nido

Edición de Adriana López-Labourdette.

 

Fragmento de la obra

Capítulo I
Era una mañana sin nubes, en que la Naturaleza, sonriendo de felicidad, alzaba el himno de adoración al Autor de su belleza.
El corazón, tranquilo como el nido de una paloma, se entregaba a la contemplación del magnífico cuadro.
La plaza única del pueblo de Kíllac mide trescientos catorce metros cuadrados, y el caserío se destaca confundiendo la techumbre de teja colorada, cocida al horno, y la simplemente de paja con alares de palo sin labrar, marcando el distintivo de los habitantes y particularizando el nombre de casa para los notables y choza para los naturales.
En la acera izquierda se alza la habitación común del cristiano, el templo, rodeado de cercos de piedra, y en el vetusto campanario de adobes, donde el bronce llora por los que mueren y ríe por los que nacen, anidan también las tortolillas cenicientas de ojos de rubí, conocidas con el gracioso nombre de cullcu. El cementerio de la iglesia es el lugar donde los domingos se conoce a todos los habitantes, solícitos concurrentes a la misa parroquial, y allí se miente y se murmura de la vida del prójimo como en el tenducho y en la era, donde se trilla la cosecha en medio de la algazara y el copeo.
Caminando al Sur media milla, escasamente medida, se encuentra una preciosa casa-quinta notable por su elegancia de construcción, que contrasta con la sencillez de la del lugar; se llama «Manzanares», fue propiedad del antiguo cura de la doctrina, don Pedro de Miranda y Claro, después obispo de la diócesis, de quien la gente deslenguada hace referencias no santas, comentando hechos realizados durante veinte años que don Pedro estuvo a la cabeza de la feligresía, época en que construyó «Manzanares», destinada, después, a residencia veraniega de Su Señoría Ilustrísima.
El plano alegre rodeado de huertos, regado por acequias que conducen aguas murmuradoras y cristalinas, las cultivadas pampas que le circundan y el río que le baña, hace de Kíllac una mansión harto poética.
La noche anterior cayó una lluvia acompañada de granizo y relámpagos, y, descargada la atmósfera dejaba aspirar ese olor peculiar a la tierra mojada en estado de evaporación: el Sol, más riente y rubicundo, asomaba al horizonte, dirigiendo sus rayos oblicuos sobre las plantas que, temblorosas, lucían la gota cristalina que no alcanzó a caer de sus hojas. Los gorriones y los tordos, esos alegres moradores de todo clima frío, saltaban del ramaje al tejado, entonando notas variadas y luciendo sus plumas reverberantes.
Auroras de diciembre espléndidas y risueñas, que convidan al vivir: ellas, sin duda, inspiran al pintor y al poeta de la patria peruana.