Carta atenagórica

ISBN rústica: 9788498165760

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Descripción

La Carta Atenagórica fue escrita en noviembre de 1690 por sor Juana Inés de la Cruz como un ejercicio de reflexión, elaborado a partir de la lectura de un sermón del padre Antonio Vieira, S. J.  La carta fue enviada al obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, quien la publicó en 1690 sin que se conozcan los motivos que lo llevaron a ello. En el prólogo a tal obra, firmada como «Sor Filotea de la Cruz» (el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz), aparte de los elogios de rigor, también le hacía un reproche a Sor Juana: el de no dedicar su talento a la teología, en vez de limitarse a obras literarias más o menos profanas.
Como defensa ante las reacciones y ataques originados por la publicación de la Carta atenagórica, sor Juana se apresuró a escribir su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691). De la Respuesta a Sor Filotea, interesa destacar tres  aspectos que la convierten en una obra singular:
es autobiográfica (se describe la trayectoria intelectual de la autora, con sus progresos, problemas y obstáculos que ha tenido que vencer por ser mujer y la defensa de la educación de las mujeres y su derecho a comentar e interpretar cualquier texto religioso)
es polémica (se defiende de los ataques)
y es erudita (abundan las referencias y citas, como no podía ser menos, de autoridades clásicas y cristianas).
Según Octavio Paz en su ensayo Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982): «la preeminencia alcanzada por sor Juana ofendía a muchos prelados; todos ellos eran sus superiores y casi todos presumían de teólogos, literatos y poetas. La monja encarnaba una excepción doble e insoportable: la de su sexo y la de su superioridad intelectual».

 

Fragmento de la obra

Muy Señor Mío: De las bachillerías de una conversación, que en la merced que Vuestra majestad me hace pasaron plaza de vivezas, nació en Vuestra majestad el deseo de ver por escrito algunos discursos que allí hice de repente sobre los sermones de un excelente orador, alabando algunas veces sus fundamentos, otras disintiendo, y siempre admirándome de su sin igual ingenio, que aun sobresale más en lo segundo que en lo primero, porque sobre sólidas basas no es tanto de admirar la hermosura de una fábrica, como la de la que sobre flacos fundamentos se ostenta lucida, cuales son algunas de las proposiciones de este sutilísimo talento, que es tal su suavidad, su viveza y energía, que al mismo que disiente, enamora con la belleza de la oración, suspende con la dulzura y hechiza con la gracia, y eleva, admira y encanta con el todo. De esto hablamos, y vuestra majestad gustó (como ya dije) ver esto escrito; y porque conozca que le obedezco en lo más difícil, no solo de parte del entendimiento en asunto tan arduo como notar proposiciones de tan gran sujeto, sino de parte de mi genio, repugnante a todo lo que parece impugnar a nadie, lo hago; aunque modificado este inconveniente, en que así de lo uno como de lo otro, será vuestra majestad solo el testigo, en quien la propia autoridad de su precepto honestará los errores de mi obediencia, que a otros ojos pareciera desproporcionada soberbia, y más cayendo en sexo tan desacreditado en materia de letras con la común acepción de todo el mundo.