Compatibles

1.00

Número de serie:Narrativa 356
ISBN ebook:9788490077382
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Descripción

Compatibles. Emilia Pardo Bazán

 

Fragmento de la obra

El criado entró con una bandejilla, y en ella una tarjeta.
—¡Ah! ¿Este señor? Que pase.
Tres minutos después, el visitante se inclinaba ante Irene. Pero ella, irónica y afectuosa, le rió con los ojos:
—Nada de cumplidos. Creo que nos conocemos bastante, perdulario.
Era él un hombre aún joven, como de treinta y seis a treinta y ocho años, con ligeros toques de blanco en la oscura cabellera, peinada a la última moda, de un modo sobrio y recogido.
El cuerpo gallardo, la cara simpática, morena y expresiva, sin hacer del visitante un Adonis, le incluían entre los tipos que atraen a primera vista y explican cualquier desvarío amoroso.
Irene le indicó a su lado una silla.
—¡Qué guapa estás! ¡Más que nunca! —murmuró él.
Y envalentonado por la buena acogida, trató de apoderarse de una mano de la dama. Ella, sin esquivez, la retiró, diciendo:
—Hablemos formalmente, ¿eh?
—¿A qué llamas hablar formalmente?
—A que sepamos a qué atenernos desde el primer instante. Yo no contaba con tu visita, lo cual no quiere decir que no la reciba con mucho gusto. Pero conviene que sepas que no pienso volver a casarme.
Él sonrió con sorna, mortificado por el prematuro desahucio.
—¿Y de dónde sacas, niña, que yo vine a hablarte de casamiento?
—Está bien —repuso ella—. Entonces, si de eso no se trataba…
Se levantó, haciendo ondular la cola de su graciosamente desmañado traje de interior, de «meteoro» malva, con bordados acachemirados y flequillos de seda floja; y, al dar la espalda a su interlocutor (aquel Francisco Javier Solano con el cual había flirteado tantas veces en tan diversas ocasiones), pudo él notar la plenitud que los treinta y tres años habían prestado a las bellas formas de Irene y el esplendor de su nuca, donde nacían, entre nácares y marfiles, rebeldes rizos cortos, aborrascados, como si un soplo ardiente los encrespase.
—Estamos hechos un Sol, criatura —murmuró, cual si hablase consigo mismo.
Ella, entre tanto, sacaba de un secreter incrustado y taraceado, diminuto mueble de dama, unos papelitos, que puso en manos de su admirador.

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