Cuatro años bajo la media luna

Ficha bibliográfica

Serie:Historia 520
Portada:Soldados turcos a principios del siglo XX
Traductor:Ana Mercedes Pérez
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Descripción

En Cuatro años bajo la media luna (1925) el venezolano Rafael de Nogales Méndez relata sus años de servicio en el Ejército del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Este libro tiene todos los ingredientes propios de una novela de espías: traiciones, persecuciones, secretos de estado, escapatorias al último minuto se suceden una tras otra.

 

Fragmento de la obra

Pocos días después de mi llegada a Constantinopla, se celebró en dicha capital la conquista del Canal de Suez por el ejército de Dyemal Pachá, Ministro de Marina y Gobernador General y Militar de Siria y Palestina.
Aquella noche se inundaron de antorchas las innumerables cúpulas de Estambul, formando sartas de chispas escarlatas, que al reflejarse en las serenas aguas del Cuerno de Oro parecían convertidas en un inmenso lago de fuego líquido, mientras que las galerías iluminadas de los minaretes ardían como coronas encendidas en medio del espacio, y el estruendo de las baterías aumentaba el efecto de aquella bacanal de luces con que los fieles festejaban el triunfo de la Guerra Santa sobre la odiada cristiandad.
¡Sí! El dyihat había comenzado por fin, y Alá, el Misericordioso, había derramado sus bendiciones a manos llenas sobre el pueblo predilecto suyo de los osmanlis… ¡Lah – Ilah – Il – Lah – Lah!
Tales y otras por el estilo eran las frases y exhortaciones que los fanáticos hodcha effendis lanzaban sin cesar aquella noche histórica bajo las bóvedas del Aghia-Sofía y las demás mezquitas de la vetusta Estambul, para encender el fervor de los creyentes y acaso también con la mira de rehabilitar ante el concepto público la causa de los jóvenes turcos, que habían jugado el todo por el todo al declarar la guerra a los aliados.
Si los fieles creyentes del Profeta hubiesen conocido, empero, la realidad de los hechos y el papel tan desairado que había desempeñado Dyemal Pachá en esa ocasión, quién sabe si en vez de festejar su triunfo con semejante derroche de iluminaciones hubieran apagado más bien los lampiones sobre las mezquitas y apedreado a los hodchas dentro de sus santuarios.
Lo cierto del caso es que la tan cantada batalla del Canal no pasó de ser sino un simulacro de combate en mayor escala, por medio del cual el entonces todavía teniente coronel von Kress Bey, general en jefe de nuestro ejército expedicionario en Egipto, había tratado de averiguar aquellos días el número de fuerzas adversarias apostadas en la banda occidental del Canal de Suez.
El único hecho notable que llegó a registrarse durante dicha jornada fue el sacrificio voluntario, por no decir el suicidio, de una compañía de zapadores otomanos, que después de atravesar el Canal se hizo matar hasta el último hombre antes que rendirse.
El valor indómito o fanatismo, llámese como se quiera, y la audacia tradicional de los osmanlis no dejaron de ofrecer también durante la Guerra Mundial rasgos sublimes y magníficos ejemplos de ese tesón bravío que desde antiguo ya les ha valido la fama de ser uno de los pueblos más valientes y más aguerridos del Viejo Mundo.
Fuera de dicho incidente, se redujo la acción del Canal apenas a un tiroteo incesante y a un duelo de artillería, durante el cual se distinguió el comandante Heibey por haber incendiado con los fuegos de sus baterías el crucero auxiliar inglés Hardinge, mientras que Dyemal, por su cobardía, desde el momento en que al darse cuenta de que el enemigo iba a pasar el “charco”, saltó en un auto y, abandonando el ejército a su suerte, no paró hasta llegar a Damasco, proclamando su pretendida toma del Canal.
Pero antes de seguir adelante, creo que no estaría de más echar una mirada retrospectiva sobre la situación política de Turquía a principios de 1915, ya que la guerra representaba para ella un juego en que arriesgaba todo, inclusive su independencia.
El Imperio Otomano fue, indudablemente, el aliado más importante, y sobre todo más consecuente que tuvo Alemania durante la Guerra Mundial. Este es un hecho innegable que hasta los mismos alemanes son los primeros en reconocer, puesto que mientras los austriacos abogaban abiertamente por la paz y los búlgaros murmuraban porque las raciones iban disminuyendo de continuo, el soldado turco, sin más alimento a veces que un mendrugo de pan o algunas aceitunas, iba y seguía desangrándose y muriéndose de hambre entre las nieves del Cáucaso y las arenas del desierto, sin que una queja o una palabra de desaliento siquiera llegara a atravesar sus labios amoratados por el efecto de las epidemias.