Cuentos amatorios

3.00

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 2
ISBN ebook:9788498169515
ISBN papel:9788493343910
Páginas:166
Portada:Mosaico romano
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Descripción

Cuentos amatorios, de Pedro Antonio de Alarcón, es un libro de relatos cortos en los que se deja sentir la influencia de Edgar Allan Poe. Se trata de cuentos escritos al estilo del autor estadounidense, donde se alternan los cuentos amorosos con otros de carácter marcadamente policíaco, siendo El clavo el más conocido de ellos.
Alarcón comenta en el prefacio de este libro que sus relatos «ni por la forma, ni por la esencia, son amatorios al modo de ciertos libros de la literatura francesa contemporánea, en que el amor sensual se sobrepone a toda ley divina y humana, secando las fuentes de las verdaderas virtudes, talando el imperio del alma, arrancando de ella la fe y la esperanza, y destruyendo los respetos innatos que sirven de base a la familia y a la sociedad…».

Madrid, Establecimiento Tipográfico de Fortanet, 1912.

 

Fragmento de la obra

LA COMENDADORA. HISTORIA DE UNA MUJER QUE NO TUVO AMORES

I
Hará cosa de un siglo que cierta mañana de marzo, a eso de las once, el Sol, tan alegre y amoroso en aquel tiempo como hoy que principia la primavera de 1868, y como lo verán nuestros biznietos dentro de otro siglo (si para entonces no se ha acabado el mundo), entraba por los balcones de la sala principal de una gran casa solariega, sita en la Carrera de Darro, de Granada, bañando de esplendorosa luz y grato calor aquel vasto y señorial aposento, animando las ascéticas pinturas que cubrían sus paredes, rejuveneciendo antiguos muebles y descoloridos tapices, y haciendo las veces del ya suprimido brasero para tres personas, a la sazón vivas o importantes, de quienes apenas queda hoy rastro ni memoria…
Sentada cerca de un balcón estaba una venerable anciana, cuyo noble y enérgico rostro, que habría sido muy bello, reflejaba la más austera virtud y un orgullo desmesurado. Seguramente aquella boca no había sonreído nunca, y los duros pliegues de sus labios provenían del hábito de mandar. Su ya trémula cabeza solo podía haberse inclinado ante los altares. Sus ojos parecían armados del rayo de la Excomunión. A poco que se contemplara a aquella mujer, conocíase que, dondequiera que ella imperase, no habría más arbitrio que matarla u obedecerla. Y, sin embargo, su gesto no expresaba crueldad ni mala intención, sino estrechez de principios y una intolerancia de conducta incapaz de transigir en nada ni por nadie.
Esta señora vestía saya y jubón de alepín negro de la reina, y cubría la escasez de sus canas con una toquilla de amarillentos encajes flamencos.
Sobre la falda tenía abierto un libro de oraciones; pero sus ojos habían dejado de leer, para fijarse en un niño de seis a siete años, que jugaba y hablaba solo, revolcándose sobre la alfombra de uno de los cuadrilongos de luz de Sol que proyectaban los balcones en el suelo de la anchurosa estancia.
Este niño era endeble, pálido, rubio y enfermizo, como los hijos de Felipe IV pintados por Velázquez. En su abultada cabeza se marcaban con vigor la red de sus cárdenas venas, y unos grandes ojos azules, muy protuberantes. Como todos los raquíticos, aquel muchacho revelaba extraordinaria viveza de imaginación y cierta iracundia provocativa, siempre en acecho de contradicciones que arrostrar.
Vestía como un hombrecito, medias de seda negra, zapato con hebilla, calzón de raso azul, chupa de lo mismo, muy bordada de otros colores, y luenga casaca de terciopelo negro.
A la sazón se divertía en arrancar las hojas a un hermoso libro de heráldica y en hacerlas menudos pedazos con sus descarnados dedos, acompañando la operación de una charla incoherente, agria, insoportable, cuyo espíritu dominante era decir:
—Mañana voy a hacer esto. Hoy no voy a hacer lo otro. Yo quiero tal cosa. Yo no quiero tal otra… —como si su objeto fuese desafiar la intolerancia y las censuras de la terrible anciana.
¡También infundía terror el pobre niño!