Cuentos para niños

1.00

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 322
ISBN ebook:9788498973815
ISBN papel:9788499538808
Páginas:62
Portada:Modelo de un jardín. Egipto. Reino Medio
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Descripción

Los Cuentos para niños de Luis Coloma son una antología de algunos de los relatos más conocidos del autor que incluye:

Las dos madres
Periquillo sin miedo
La camisa del hombre feliz
Las tres perlas
y
¡Porrita componte!…

En estos Cuentos para niños el lector encontrará una visión cristiana de la vida. Ello se evidencia a través de personajes como este Conde que citamos a continuación, de quien se dice que: «Pasó la niñez con su inocencia y llegó la juventud con sus devaneos… se separó de su madre, para ir agregado a una embajada, a una corte extranjera».
… y: «poco a poco trastornó su cabeza la lisonja, y corrompieron su corazón el ocio y la opulencia».
Ante este escenario Luis Coloma construye un relato en que la salvación de su protagonista es solo posible gracias a los recuerdos de su pasado y a sus oraciones. En el resto de los cuentos aquí reunidos la vida, la muerte, el crimen y el pecado son descritos con crudeza, para darnos un panorama sobre las inclemencias de la vida.

 

Fragmento de la obra

Historia de un cuento
A un crítico de diez años que encuentra mis cuentos «my vomitos»

I
Sembrad en los niños la idea, aunque no la entiendan: los años se encargarán de descifrarla en su entendimiento y hacerla florecer en su corazón.

Había en casa de mis padres un bonito jardín, que separaba la cuadra y cochera del resto del edificio. Levantábase en el centro una glorieta circular, y salían de ella varias callecitas sombreadas por parras y rosales, que iban a terminar en preciosos arriates, caprichosamente cerrados con verjas. En uno de éstos, en que no habían sembrado planta ninguna, guardaba yo dos cabritas, regalo de mi abuela, de quien siempre fui el nieto predilecto.
Estos inofensivos animalitos tenían un enemigo encarnizado en la persona de doña Mariquita, anciana ama de llaves, que desempeñaba este cargo en mi casa hacía veintidós años. Según ella, nada bueno podía esperarse de unos animalitos, que tenían con el diablo el peligroso punto de contacto de poseer como él cuernos y rabo.
Mis relaciones con doña Mariquita no eran muy cordiales: la disciplina doméstica, quebrantada a veces por mis cabras, y sobre todo, un individuo de la raza felina, un gato pardo, llamado Pilitón, en quien tenía ella puestos sus cinco sentidos, eran entre nosotros la manzana de la discordia. Solía yo cogerle por una pata sin el menor miramiento, y haciéndole sentar sobre sus cuartos traseros, le preguntaba muy serio:
—Pilitón… ¿quieres ir a la escuela?
Pisábale entonces el rabo con disimulo, y Pilitón mayaba furiosamente.
—¿Lo ves? —gritaba yo a doña Mariquita— ¿lo ves como Pilitón es un flojo que no quiere estudiar?…
Doña Mariquita corría detrás de mí, llamándome Nerón, y yo me refugiaba en cualquier asilo, mientras el señor Pilitón se atusaba los bigotes, erizados de cólera por mi falta de respeto a las conveniencias sociales.
Un día vino a verme mi amigo Juan Manuel, y entre los dos cometimos una iniquidad horrible, que tuvo a poco providencial castigo: atamos al rabo de don Pilitón un triquitraque de a dos cuartos, y le prendimos fuego. El pobre animal huyó desatentado a refugiarse entre las enaguas de su dueña, que a poco más se inflaman, como se inflamó su cólera al ver chamuscado el rabo de su gato.
Presentose a mi madre pidiendo justicia, y en un enérgico discurso probó hasta la evidencia mi complicidad en el atentado; y extendiéndose luego sobre el influjo de las malas compañías, vaticinó mi pronta e inevitable muerte en lo alto de un patíbulo, si continuaba siendo el Orestes de aquel maléfico Pilades, tan aficionado a la pirotecnia.