Episodios nacionales V. De Cartago a Sagunto

3.00

Book Information

Serie:Narrativa 210
ISBN ebook:9788490072332
ISBN papel:9788490073179
Páginas:178
Portada:Revista La Flaca: Caricatura de La Republica Española
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Descripción

De Cartago a Sagunto es la quinta novela de la quinta y última serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
De Cartago a Sagunto —del levantamiento del cantón de Cartagena a la proclamación de Alfonso XII en Sagunto— es el trayecto que traza Galdós en este episodio, de la mano del peculiar Proteo Tito Liviano. Tras la rebelión de Cartagena, iniciada en el episodio anterior, nos encontramos en Madrid, donde la división irreconciliable de los republicanos entre unitarios y federales lleva a la caída del gobierno Castelar, que dimite tras perder una moción de confianza, seguida del golpe de estado del general Pavía, con invasión de Cortes incluida. Estamos en 1874, año en que se reactiva la Tercera Guerra Carlista. Galdós, decepcionado por la frustrante aventura republicana, se muestra escéptico a través de su alter ego ante los acontecimientos que relata. El protagonista, tras asistir al levantamiento de Cartagena, es testigo en Madrid de la caída de la república y del asalto al congreso por la guardia civil. Nuestro protagonista está en esta novela liado con una nueva mujer, Chilvistra, otro extraño personaje femenino que le ocasiona multitud de disgustos, en una clara equiparación con los que la propia España le ocasiona a Galdós. En De Cartago a Sagunto Tito asistirá a la sangrienta represión de las tropas carlista en Cuenca, pero la acción, aunque lo anuncie el título de la novela, no llegará hasta Sagunto.

 

Fragmento de la obra

I

Arriba otra vez, arriba, Tito pequeñín de cuerpo y de espíritu amplio y comprensivo; sacude la pereza letal en que caíste después de los acontecimientos ensoñados y maravillosos que te dieron la visión de un espléndido porvenir; vuelve a tu normal conocimiento de los hechos tangibles, que viste y apreciaste en la vida romántica del Cantón cartaginés, y refiérelos conforme al criterio de honrada veracidad desnuda que te ha marcado la excelsa maestra Doña Clío. Abandona los incidentes de escaso valor histórico que han ocurrido en los días de tu descanso soñoliento, y acomete el relato de las altas contiendas entre cantonales y centralistas, sin prodigar alabanzas dictadas por la amistad o el amaneramiento retórico.
Obedezco al amigo que me despabila con sacudimiento de brazos y tirones de orejas, cojo mi estilete y sigo trazando en caracteres duros la historia de estos años borrascosos en que, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir. Lo primero que sale a estas páginas llegó a mi conocimiento por los ojos y por el tacto: fue la moneda que acuñaron los cantonales para subvenir a las atenciones de la vida social. Consistió la primera emisión en duros cuya ley superaba en una peseta a la ley de los duros fabricados en la Casa de Moneda de Madrid. Las inscripciones decían: por el anverso, Revolución Cantonal. —Cinco pesetas; por el reverso, Cartagena sitiada por los centralistas. —Septiembre de 1873.
Elogiando yo la perfección del cuño ante los amigos don Pedro Gutiérrez, Fructuoso Manrique, el brigadier Pernas y Manolo Cárceles, éste, con su optimismo que a veces resultaba un tanto candoroso, me dijo: «Fíjese el buen Tito en que ese trabajo lo han hecho los buenos chicos que en nuestro presidio sufrían cadena por monederos falsos.» Puse yo un comentario a esta declaración, diciendo que los tales artífices fueron maestros antes de ser delincuentes, que en la prisión afinaron su ingenio, y que la libertad les habilitó para servir a la República con diligente honradez, cada cual según su oficio. «Así es —dijo Cárceles—, y da gusto verles por ahí tan tranquilos, sin hacer daño a nadie, procurando aparecer como los más fieles y útiles auxiliares del naciente Anfictionado español.» Antes de la emisión de la moneda se pagaban los servicios con cachos de plata que luego se canjearon por los flamantes y bien pronto acreditados duros de Cartagena.
En los mismos días me enteré por los amigos de la nueva organización que se había dado a los altos Poderes Cantonalistas. Dimitió el Gobierno Provisional, incorporándose a la Junta Soberana, que se fraccionó en las siguientes Secciones: De Relaciones Cantonales: Presidente Roque Barcia, secretario Andrés de Salas. —De Guerra: Presidente general Félix Ferrer, secretario Antonio de la Calle. —De Servicios Públicos: Presidente Alberto Araus, secretario Manuel F. Herrero. —De Hacienda: Presidente Alfredo Sauvalle, secretario Gonzalo Osorio. —De Justicia: Presidente Eduardo Romero Germes, secretario Andrés Lafuente. —De Marina: Presidente brigadier Bartolomé Pozas, secretario Manuel Cárceles Sabater. Los cargos de presidente y secretario de estas Secciones equivalían a los de ministro y subsecretario de los diferentes ramos.