Don Quijote de la Mancha. Primera parte

3.00

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 320
ISBN ebook:9788499530574
Páginas:532
Portada:Juan de Jáuregui y Aguilar: Retrato de Miguel de Cervantes
Notas de:Autores varios
Ilustrador:Joaquín Heredia
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Descripción

Don Quijote de la Mancha. Primera parte

En la historia de la literatura universal hay unas pocas obras que prácticamente atesoran las estanterías de cualquier biblioteca occidental, por modesta que sea. Entre ellas se encuentra El Quijote, junto a la Biblia, La Divina Comedia, o algunas de las piezas más célebres de Shakespeare, como Hamlet u Otelo. De hecho, El Quijote es, después de La Biblia, la obra que más se ha editado y traducido a lo largo de la historia.
Cervantes publicó la primera parte de El Quijote a comienzos de 1605, con el título El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y solo en 1615 aparecería la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Desde su publicación, la obra se percibió como una auténtica desmitificación del por entonces consagrado género de la novela de caballerías. Pero la mirada burlona y crítica de Miguel de Cervantes trasciende las singularidades de su época: hoy su retrato de la condición humana, en todo su esplendor y miseria, puede conmovernos o hastiarnos, pero sin duda sigue representándonos.

Edición ilustrada por Joaquín Heredia.

 

Fragmento de la obra

Capítulo I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura. Y también cuando leía: […] los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.