Doña Milagros

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 371
ISBN ebook:9788490077610
ISBN papel:9788499538303
Páginas:188
Portada:Patrón textil
Category:
Author:

Categoría: Etiquetas: ,

Descripción

Doña Milagros. Emilia Pardo Bazán

 

Fragmento de la obra

I

En la pila bautismal me pusieron el nombre de Benicio. Por el lado paterno llevé el apellido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de eterno renombre, donde se ceban los más suculentos capones de la Península española. En el escudo de mi casa solariega, sin embargo, no campean estas aves inofensivas, sino un águila coronada y un par de castillos de sable sobre campo de gules. Tales zarandajas heráldicas no impidieron a mi padre, el mayorazgo, casarse con la hija de un confitero y chocolatero natural de Astorga, establecido en los soportales de la Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le haya perdonado) algo antojadizo y terco y bastante libertino; y como la recia virtud de mi madre no consintió rendirse a sus asaltos, a contrapelo de toda la familia la hizo su esposa.
Yo creo que en tan desigual enlace quien salió perdiendo fue la confitera. Poseedora de las cualidades morales que faltaban a su marido; hacendosa, recta y cristiana a carta cabal, mi madre vivió sola, despreciada, maltratada y faltándole cariño, consagró el suyo entero a mi hermana y a mí. Digo mal: yo fui el preferido, el único amado tal vez, porque mi hermana, que pecaba de intrigante y chismosuela, fue desde pequeñita el ojo derecho de mi padre. Mi niñez corrió triste, viendo a mamá esconderse para llorar por los rincones de la casa, y echándome a temblar cuando papá gritaba y maldecía y soltaba cada terno que se venía abajo la bóveda celeste; pues una de las peores mañas del autor de mis días era jurar como un carretero desde que abría la boca; y recuerdo que mi madre me inculcó el odio a tan feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de considerar los juramentos, las blasfemias y las palabras soeces como el mayor y más estúpido pecado que puede cometer el hombre. Esta y las demás enseñanzas de mi madre se me grabaron indeleblemente, viniendo a ser la base de mis convicciones y principios; así como en el fondo de mi carácter quedó una blandura y un apocamiento, que atribuyo a haberme ensopado y reblandecido el corazón los terrores y las lágrimas maternales. Mi madre era mujer chapada a la antigua, e hizo predominar en mí el elemento tradicional sobre el innovador; porque (ahora lo discierno claramente) no cabía en sus facultades equilibrar los dos de tal manera que yo me encontrase en condiciones favorables para vivir en la época que Dios había señalado a mi paso por el mundo. Aprendí de mi madre la probidad, el horror a las deudas, el respeto de los contratos y de la honra de las mujeres, la modestia, la economía, la frugalidad, la veracidad, virtudes que adornan a la grave raza castellana, aunque se atribuyan en general a la ibérica. También me fue inculcado por mi madre otro sentimiento nada común en la sociedad actual: una consideración profunda por las personas de elevado nacimiento, unida a cierto democrático individualismo y a mucha llaneza con los inferiores. En cuanto a la enseñanza religiosa, por entero la debí a mi madre: ella me obligó a aprender de memoria el Catecismo, me hizo rezar diariamente el Rosario, me leyó en el Año Cristiano las vidas de los Santos y en el Kempis los capítulos referentes a la resignación, a la humilde sujeción, al hombre bueno y pacífico, a la tolerancia de las injurias, al puro corazón y la intención sencilla. Tales doctrinas prendieron en mí maravillosamente: sin duda existía oculta conformidad entre ellas y mi carácter; por lo cual llegué a imaginarme (a posteriori) que me hubiese convenido más ser amamantado en principios de energía, acción y violencia, porque hallándose estos en pugna con mi condición natural, se establecería el provechoso equilibrio donde quizá reside el secreto de la armonía, perfección y felicidad humana. Someto este problema a los doctos, y paso adelante.
Cuando me veía quejoso y dolorido del proceder de mi padre, mamá me predicaba la conformidad más entera. «Las faldas del marido —me decía— no excusan jamás las de la mujer. Él es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se le ha de querer bien, todo lo que no sea esto se queda para bribonas infames. Rezar mucho a ver si se convierte y se hace bueno… y paciencia, y que cada cual acepte su cruz. Contra el marido y el padre jamás tiene razón la mujer y el hijo. Silencio… y Dios sobre todo».