Dos relatos de Calvert Casey

ISBN CM: 9788498972610

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Descripción

Dos relatos de Calvert Casey

 

Fragmento de la obra

Un día, la terrible conciencia que tenía de cada uno de sus actos alumbró la suma total de los actos de su vida y se quedó absorto. Desechó la idea, pero ésta volvió a asaltarlo, cada vez con más frecuencia. Pasaba y repasaba constantemente y sin tregua, los años de su vida, los días de los años, las horas de los días, sin que la idea le abandonara por un solo instante, atenaceándole y llegando a provocarle náuseas. Pasó mucho tiempo en una especie de estupor en el que marchaba por las calles en un estado de semiconciencia automática, inmovilizadas las ideas en una imagen fija, de la que no podía escapar. Se le vio más rápido, más tartamudo, evitaba a sus viejas amigas, hundía las manos en el estómago con más frecuencia, en el gesto nervioso que le era habitual, y en las contadas reuniones a que asistía se quedaba ausente, mudo, sin nada que decir, muy lejos de aquel ser ocurrente que a todos encantaba.
Una desgracia ocurrida en su lejana y un poco olvidada familia le hizo recordarla y lo sacó de su mutismo. Tuvo que ir a Cuba, su país, donde no había puesto los pies en largos años, descartándolo con un gesto impreciso como incorregible y sin esperanzas. Había nacido allí, de padres extranjeros, pero ni en sus ademanes ni en su manera de hablar ni de ser recordaba en lo más mínimo a sus compatriotas. Cuando los encontraba le acometía una inmensa desazón, se le acentuaba el nerviosismo y se perdía en esfuerzos fútiles y desesperados para demostrarles que era uno de ellos. Pero no se atrevía a dar el viaje. Temía vagamente llegar a sentirse extraño en su propio país y aplazaba indefinidamente el viaje con un gesto displicente: «Lo amo desde lejos».
Al ocurrir el hecho luctuoso en la familia, se sintió súbitamente en el deber de hacer acto de presencia ante los parientes lejanos, sin que pudiera explicarse a sí mismo las razones de la súbita lealtad, y haciendo gran acopio de pociones calmantes, barbitúricos, raíces de la India propiciatorias de la indiferencia y un vestuario extravagante que siempre le ayudaría a diferenciarse de los naturales en caso de apuro, emprendió el viaje.
La sorpresa fue agradable. Aquellas gentes, a las que temía por razones tan desconocidas como las que provocaban su violento tartajeo, lo acogieron con naturalidad y hasta con cariño, sonrieron ante sus crisis nerviosas, le permitieron las vestimentas más extremas con una tolerancia candorosa ante todo lo que viniera del extranjero que le desarmaba, justificándole con un «ha vivido tantos años fuera…».
Sus parientes le concedían discretamente las libertades que él había temido perder en los límites estrechos del pequeño país, y las viejas amistades de la familia le daban cierta importancia, agasajándole con almuerzos suculentos y de difícil digestión, en los que le contemplaban disimuladamente con una admiración ingenua. Cuán diferente de aquella inmensa Nueva York, donde nadie ni nada tenía la menor importancia. Contemplaba a esta gente vivir, deformándolas con generalidades risueñas. Parecían felices, infinitamente más felices que las de la hosca ciudad donde él vivía. Tenían el rostro plácido, el aire tranquilo, las carnes abundantes y serenas. Lo banal, lo diario, no avergonzaba aquí, como en aquel otro mundo donde vivía. Esta gente sabía estar. Se repitió la frase varias veces: sabían estar, saber estar, regocijado del descubrimiento feliz. En aquel frío Norte, él había perdido el viejo arte de saber estar (la frase allí era incluso intraducible) y tendría que aprenderlo de nuevo, pacientemente, amorosamente.