El alma de Cándido

1.00

Número de serie: Narrativa 376
ISBN ebook: 9788490078419
Páginas: 16
Portada: Alma Tadema: Escena pompeyana
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Descripción

El alma de Cándido. Emilia Pardo Bazán

 

Fragmento de la obra

El alma de Cándido

Al separarse del cuerpo, aquel alma iba satisfecha; casi me atrevo a decir que le retozaba la alegría. ¡Por fin! Había llegado el instante venturoso de recoger el premio de una vida entera de virtudes. A Cándido, en la tierra, le llamaban «el santo». Y los santos, es al morir cuando hacen el negocio.
Así discurría el alma, ascendiendo suavemente hacia el empíreo por campos de luz y praderías de estrellas. El solo hecho de no ser arrastrada al profundo abismo anunciaba ya la próxima beatitud. Subía, subía, sin esfuerzo, como si, por debajo de los brazos, la empujasen manos cariñosas. Eran, sin duda, los ángeles de su guarda, pues aquel alma creía tener más de uno, requisito sin el cual la santidad es doblemente difícil de conseguir.
Descansando algún ratito en vellones de nubes, columpiándose en el anillo de un astro, el alma iba acercándose al luminoso centro del primer cielo, que gira en torno del segundo como rueda de oro incandescente. Y a la puerta de entrada de aquel brillante espacio, que era un arco gigantesco de fuego puro y fijo, el alma vio realmente a un ángel, sin duda el portero, de cuya voluntad dependía que se le franquease el ingreso en el paraíso.
Llena de confianza se acercó el alma, suponiendo que no tropezaría con la menor dificultad; pero el ángel, no risueño y gracioso, sino severo y esclavo de la consigna, la detuvo con solo un blandir de la espada sinuosa que serpenteaba y centelleaba en su diestra.
—Alto ahí —ordenó el vigilante—. No se pasa hasta que esté averiguado tu derecho. Aquí hay jueces de las almas. Vas a comparecer ante su tribunal.
El alma, segura de sí misma, hizo una señal de aquiescencia, y al punto los jueces, vestidos de togas verdes y provistos de balanza y platillos, se presentaron, rígidos y en fila, en el umbral.
—Habla, que te oímos —advirtieron a Cándido, que sin explicarse la razón, sintió un escalofrío leve a lo largo del espinazo.
—¿Me pedís que hable, oh justos jueces? —murmuró estremecido aún—. ¿Queréis saber mis pecados? Serán muchos, pero creo haberlos confesado escrupulosamente, y además, me conviene que se sepa en el cielo que he sido llamado «el santo» por mis contemporáneos y convecinos. Al confesarme, recuerdo que me costaba trabajo encontrar materia de qué acusarme… Esto no quiere decir que yo me suponga perfecto. ¡No! Al contrario, me creo un gusanillo, un miserable…
—Lo que has de hacer —ordenó el primer juez— no es acusarte de pecado alguno, sino referir cómo has vivido y qué has hecho allá en tu planeta. De ese relato saldrá el conocimiento de tus culpas.
Cándido reflexionó.

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