El delincuente honrado

Book Information

Serie: Teatro 160
ISBN ebook: 9788498970524
ISBN papel: 9788496290327
Páginas: 82
Portada: Charles Willson Peale: Retrato de Raphaelle Peale y Titian Ramsay Peale I
Category:Teatro
Author:Gaspar Melchor de Jovellanos
Categoría: Cultos modernos Etiquetas: España, Siglo XVIII

Descripción

El delincuente honrado es una comedia sentimental de Gaspar Melchor de Jovellanos alusiva a la reforma del código penal. Es un drama burgués, de los pocos que tuvieron éxito en España, sobre la injusticia de las leyes que condenaban por igual al retador y al retado en los duelos de honor. El delincuente honrado (1773), fue un símbolo de identidad entre las clases sociales interesadas en una renovación burguesa de las leyes y las costumbres. Considerada, incluso, «literatura comprometida».

 

Fragmento de la obra

Acto I

La escena se supone en el Alcázar de Segovia.

El teatro representa el estudio del Corregidor, adornado sin ostentación. A un lado se verán dos estantes con algunos librotes viejos, todos en gran folio y encuadernados en pergamino. Al otro habrá un gran bufete, y sobre él varios libros, procesos y papeles. Torcuato, sentado, acaba de cerrar un pliego, le guarda, y se levanta con semblante inquieto.

Escena I

Torcuato: No hay remedio; ya es preciso tomar algún partido. Las diligencias que se practican son muy vivas, y mi delito se va a descubrir. ¡Ay, Laura! ¿Qué dirás cuando sepas que he sido el matador de tu primer esposo? ¿Podrás tú perdonarme…? Pero mi amigo tarda, y yo no puedo sosegar un momento. (Vuelve a sentarse, toma un libro, empieza a leer, y le deja al punto.). Este ministro que ha venido al seguimiento de la causa es tan activo… ¡Ah!, ¿dónde hallaré un asilo contra el rigor de las leyes…? Mi amor y mi delito me seguirán a todas partes… Pero Felipe viene.

Escena II
Torcuato, Felipe.

Felipe: Señor…

Torcuato: Pues ¿y don Anselmo?

Felipe: Viene al instante. ¡Oh, qué trabajo me costó despertarle! Cuando entré en su cuarto estaba dormido como un tronco; pero le hablé tan recio, metí tanta bulla y di tales tirones de la ropa de su cama, que hubo de volver de su profundo letargo, y me dijo que venía corriendo. Ya yo me volvía muy satisfecho de su respuesta, cuando veo que, dando una vuelta al otro lado, se echó a roncar como un prior; con que me quité de ruidos, y con grandísimo tiento le fui poco a poco incorporando; le arrimé las calcetas, ayudele a vestirse, y gracias a Dios, le dejo ya con los huesos en punta.

Torcuato: Muy bien. ¿Y has sabido si tendremos carruaje?

Felipe: ¿Carruaje? Cuantos pidáis. Mientras la corte está en San Ildefonso, no hay cosa más de sobra en Segovia; pero, como yo no sabía dónde era nuestro viaje, no me atreví a ajustar alguno. Si vamos a Madrid, tendremos retornos a docenas. El coche que trajo el alcalde de corte aún no se ha ido y se podrá ajustar barato. ¡Ah, señor! (me acuerdo ahora por el alcalde de corte), ¿no sabéis lo que hay de nuevo…? (Torcuato nada le responde.) Acaban de traer a la cárcel a Juanillo, el criado del Marqués. (Torcuato se inmuta.) ¡Pobrete! Ahora tendrá que confesar de plano, si no quiere cantar en el ansia. Dicen que sabe cuanto pasó en el desafío de su amo. Pardiez, él será muy tonto en no desembuchar cuanto ha visto.