Episodios nacionales II. El equipaje del rey José

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 179
ISBN ebook: 9788490072493
ISBN papel: 9788490072875
Páginas: 170
Portada: Batalla de Vitoria
Notas de: Benito Pérez Galdós
Category:Narrativa
Author:Benito Pérez Galdós
Categoría: Ediciones anotadas Etiquetas: España, Siglo XIX

Descripción

El equipaje del rey José es la primera novela de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
El equipaje del rey José define irónicamente el botín que las tropas francesas robaron (obras de arte, joyas, muebles valiosos y, por supuesto, dinero) en su retirada de la Península ante el empuje de las guerrillas y el ejército mandado por Wellington, principalmente tras la batalla de Vitoria, uno de los últimos episodios de la Guerra de la Independencia.
En esta segunda serie de los Episodios Nacionales el protagonista es Salvador Monsalud, que toma el relevo de Gabriel de Araceli en la narración de los sucesos históricos y ficticios. Salvador es un afrancesado, detalle con el que Galdós demuestra su hábil ironía para plantear el relato. Siguiendo a Monsalud seguimos el convoy de los franceses en su huída, acosados por todos los flancos por los guerrilleros y tropas regulares. El «francés» abandonaba definitivamente España. La brava lucha de guerrilleros y soldados (ejércitos español y británico) había dado finalmente sus frutos.

Edición de referencia: Edición de referencia: Madrid, Imprenta y Litografía de La Guirnalda, 1875.

 

Fragmento de la obra

I

El 17 de marzo de 1813 salieron de palacio algunos coches, seguidos de numerosa escolta, y bajando por Caballerizas a la puerta de San Vicente, tomaron el camino de la puerta de Hierro.
—Su Majestad intrusa va al Pardo —dijo don Lino Paniagua en uno de los corrillos que se formaron al pasar los carruajes y la tropa.
—Todavía no es el tiempo de la bellota, señores —repuso otro, que se preciaba de no abrir la boca sin regalar al mundo alguna frutecilla picante y sabrosa del árbol de su ingenio.
—Su Majestad se ha convencido de que no engordará en España, y por ese camino adelante no parará hasta Francia —indicó un tercero, hombre forzudo y ordinario que respondía al nombre de Mauro Requejo.
—¡A Francia! Todas las mañanas nos saluda la gente con el estribillo de que se marchan los franceses aburridos y cansados, y por las noches nos acostamos con la certidumbre de que los franceses no se aburren, ni se cansan, ni tampoco se van.
—¡Tiene razón el señor don Lino Paniagua! —exclamó otro personaje que se distinguía de los demás individuos del grupo por el deslumbrante verdor de sus anteojos y un extraño modo de reír, más propiamente comparable a visajes de cuadrumano que a muecas de racional—. ¡Tiene razón! Hace cinco años no se oye más que esto: «Se van sin remedio: ya no pueden sostenerse un día más: el lord dará buena cuenta de todos ellos dentro del mes que viene…» Y así corren los meses y los años: la gente muere, el pan sube, los pleitos merman, el dinero se acaba y los franceses no se van sino para volver. Cuatro veces hemos visto salir al señor Pepe y cuatro veces le hemos visto entrar con más bríos. ¿Se acuerdan ustedes de la batalla de Bailén? Pues todos decían: «Gracias a Dios que se acabó esto. No ha quedado un francés para simiente de rábanos.» ¡Ay! no pasaron muchos meses, sin que les viéramos otra vez mandados por el Emperador en persona. Al cabo de cinco años se ha repetido la fiesta. Diose una batalla en Salamanca y aquí de mis bocas de oro: «¡Ya se acabó todo!… ¡Gracias a Dios!… Viva el lord…» Los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro. Pero esto parece escenario de un teatro: el lord se va por la derecha y José se nos cuela por la izquierda… Señores, no puedo olvidar las acotaciones de las comedias, que dicen hace que se va y se queda… A mí que soy perro viejo y tengo sobre mi alma cristiana cuatro dedos de enjundia de marrullería, no se me emboba con estas entradas y salidas.