El espíritu del conde

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 396
ISBN ebook:9788490071533
Páginas:16
Portada:Biblioteca de la casa de Emilia Pardo Bazán
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Descripción

El espíritu del conde. Emilia Pardo Bazán

 

Fragmento de la obra

¿Os acordáis de algo que os conté aquí mismo hace tiempo, no mucho? Pero todo va hoy tan de prisa, que presumo lo habréis olvidado.
Se trataba del conde filántropo, del que tuvo misericordia de las turbas, del que con exaltación profesó el culto de los humildes, del que, en su vocación entusiasta, tomó el arado en sus manos aristocráticas y, descalzos los pies, rompió las entrañas de la tierra para que produjese el dorado trigo que sustenta al hombre.
En aquella ocasión os narré algún episodio de la existencia del que amó a su naturaleza y a los humanos —no a todos por igual—, siendo la razón de su preferencia la mayor miseria e ignominia de los preferidos. Y os conté cómo San Francisco y el conde dialogaron una tarde otoñal, sentados en un muro, mientras dejaban rebosar la marejada del humano sufrimiento, que ambos habían convertido en materia religiosa, dulce y alegre en el fraile, en el conde sombría y pesimista.
Y he aquí que el conde, en un viaje por llanuras acolchadas de nieve, mientras un cierzo áspero y polar desgarraba los escarchados arabescos del ramaje sin hojas: yendo, como un «mujik», en la plataforma del tren, enfundado en su hopalanda de pellejas de carnero mal curtidas, endurecidas por el hielo, sintió en su pecho, repentinamente, como una punzada. A poco, la punzada era agudo dolor. Y al penetrar en el convento donde quería refugiarse, la calentura le abrasaba, mientras sus dientes entrechocaban por efecto de ese frío que no se parece a ningún otro: el frío de la invasora pulmonía.
Y en pos de algunos días de padecer, vino la Libertadora. El conde, en los instantes en que no sentía su cabeza embargada por el delirio, la esperaba de un momento a otro. Y no con miedo, ni con repugnancia, sino con una especie de gozo, con la serenidad del que la ha contemplado muchas veces sin torcer el semblante. La Libertadora traía en sus manos, momificadas en la sepulcral quietud, una rama fresquísima de laurel, en la cual el rocío de la mañana había depositado una red de perlas, que reflejaba en cambiantes la luz lunar de la última noche… Y el conde, sin poderlo remediar, sonreía a la idea de que la rama era inmarcesible. Eternamente, hasta la hora en que el planeta, cumplida su ruta por los espacios, estalle o disocie su materia en el seno de las fuerzas cósmicas, aquella rama de laurel recordaría la memoria y refrescaría la gratitud de los que un día recogieron en sus corazones la benéfica doctrina del conde, que se entregó al pueblo, en cuerpo y alma…