El honor

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 398
ISBN ebook:9788490078709
Páginas:16
Portada:Gran asedio de Malta y castillo de La Cassagne
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Descripción

El honor. Emilia Pardo Bazán

 

Fragmento de la obra

Norberto tenía amor propio profesional. No era solo la necesidad de ganarse la vida lo que le sujetaba su oficio de cocinero. Un elogio, la seguridad de haber estado a su altura, valían para él tanto o más que el sueldo, no escaso, que ganaba. Recreábase, con regodeo de artista, en los platos, en las salsas, en las combinaciones que a veces hasta tenía la gloria de inventar. Su pundonor llegaba al extremo de dormir mal el día en que pensaba haber echado a perder un guiso.
Especialmente cuando el señor marqués de Cuéllares convidaba a algunos amigos, preocupábase Norberto de que todo saliese al primor. Así le había sucedido aquella noche de Jueves Santo, en que lo más demostrativo de la superioridad de un jefe, una comida suntuosa de vigilia, afirmaría una vez más sus aptitudes.
Metido en faena, calado el limpio gorro blanco, ceñido el delantal sobre la panza, que empezaba a redondearse, daba vueltas Norberto, atendiendo a que el envío fuese perfecto, ya que los platos, sin duda, lo eran. La oportunidad en trinchar y mandar a la mesa bien presentado, competía en él con la ciencia de la preparación de los manjares. Estaba satisfecho de la sopa bisque, alta de sabor, propia para comida de solteros, que tienen el paladar refinado, y hasta quizás estragado; y creía haberse sobrepujado a sí mismo en la trucha a la Chambord, en que la guarnición era un prodigio de delicadeza, con las trufas lindamente torneadas, las quenefitas de puré de pescado, las ostras y las colas de cangrejo colocadas simétricamente. En esta tarea se enfrascaba, cuando uno de los pinches se le acercó con una especie de murmurio misterioso:
—Ahí está… Dice que quie pasar…
No debía ignorar Norberto a quién se refería el recado, porque no preguntó, y se limitó a encogerse de hombros, silabeando desdeñosamente:
—Bueno; dila que estoy muy ocupao ahora, ¿entiendes? Que vuelva mañana, por la mañana, a eso de las nueve…, que entonces…
Salió el muchacho, con aire de persona que desempeña encargo de importancia, y no tardó en volver, más apremiante aún.
—Que dice que es cosa que urge… Ahora mismo…
—¡Mal ajo! —juró el cocinero, que seguía guarneciendo la soberbia trucha—. ¿No sabe esa liosa que estoy dando la comida?