El Monte

3.00

Número de serie: Religión 12
ISBN ebook: 9788490074459
ISBN papel: 9788490076590
Páginas: 646
Portada: Agostino Brunias: Sirvientes bañando un venado
Prólogo de: Fernando Ortiz
Edición anotada: Lydia Cabrera
Glosario de: Lydia Cabrera
Ilustrador: Autores varios
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Descripción

«El monte es sagrado porque en él residen, “viven” divinidades. Los santos están más en el monte que en el cielo.»

El Monte es considerado por muchos como una obra maestra de la etnografía, una especie de Biblia de las religiones afrocubanas. La obra de Lydia Cabrera se convirtió en un auténtico best-sellers de este tipo de estudios, atrayendo por igual a los especialistas en la materia, a los creyentes y al público en general. Su mérito radica, según su propia autora, en que son los mismos negros de Cuba los que hicieron este libro: «Ha sido mi propósito ofrecer a los especialistas, con toda modestia y la mayor fidelidad, un material que no ha pasado por el filtro peligroso de la interpretación, y de enfrentarlos con los documentos vivos que he tenido la suerte de encontrar».

Linkgua edita El Monte por primera vez en digital acercándolo a todos sus admiradores y los muchos interesados en las religiones africanas y las culturas yoruba, mandinga y carabalí.

 

Fragmento de la obra

I. EL MONTE
Persiste en el negro cubano, con tenacidad asombrosa, la creencia en la espiritualidad del monte. En los montes y malezas de Cuba habitan, como en las selvas de África, las mismas divinidades ancestrales, los espíritus poderosos que todavía hoy, igual que en los días de la trata, más teme y venera, y de cuya hostilidad o benevolencia siguen dependiendo sus éxitos o sus fracasos.
El negro que se adentra en la manigua, que penetra de lleno en un «corazón de monte», no duda del contacto directo que establece con fuerzas sobrenaturales que allí, en sus propios dominios, lo rodean: cualquier espacio de monte, por la presencia invisible o a veces visible de dioses y espíritus, se considera sagrado. «El monte es sagrado» porque en él residen, «viven», las divinidades. «Los santos están más en el monte que en cielo.»
Engendrador de la vida, «somos hijos del monte porque la vida empezó allí; los santos nacen del monte y nuestra religión también nace del monte —me dice mi viejo yerbero Sandoval, descendiente de eggwddós—. Todo se encuentra en el monte —los fundamentos del cosmos—, y todo hay que pedírselo al monte, que nos lo da todo». Por medio de estas explicaciones y otras semejantes —«la vida salió del monte, somos hijos del monte», etc.—, conocemos que, para ellos, monte equivale a tierra en el concepto de madre universal, fuente de vida. «Tierra y monte son lo mismo.»
«Allí están los orishas Elegguá, Oggún, Ochosi, Oko, Ayé, Changó, Allágguna. Y los Eggun —los muertos, Eléko, Ikús, Ibbayés…—. ¡Está lleno de difuntos! Los muertos van a la manigua.»
«En el monte se encuentran todos los Eshú —entes diabólicos—; los Iwi, los addalum y ayés o aradyés; la Cosa-Mala, Iyóndo, espíritus oscuros, maléficos, que tienen malas intenciones; toda la gente extraña del otro mundo; fantasmales y horribles de ver. Animales también del otro mundo, como Keneno, Kiama o Kolofo, ¡Aróni, que Dios nos libre!» El clarividente, solitario en la manigua enmarañada, percibe las formas estrambóticas e impresionantes que para el ojo humano asumen a veces estos trasgos y demonios silvestres que el negro siente alentar en la vegetación. «Vi, se lo juro por mi alma —me confía mi querido maestro José de Calazán Herrera—, la cabeza de un negrazo, peludo como una araña, que le salían los pies de las orejas, guindando por una pata de una rama.» Y no pongamos en duda la espeluznante realidad de esta cabeza entrevista en algún breñal, formada en el misterio de la penumbra y del miedo, ni de otras visiones suyas, producto de alguna ilusión, que para un negro creyente pronto se convierte en realidad, como todo lo que sueña o imagina. La mentira que tan a menudo improvisa, por una predisposición extraordinaria a la autosugestión —que no debemos perder de vista para no dudar invariablemente de su sinceridad y comprenderlo mejor—, a la postre se impone a su ánimo con el convencimiento de una experiencia verdadera. El hecho fabuloso que inventa en…, poeta, basta que lo relate unas cuantas veces para que se transforme insensiblemente y quede registrado en su conciencia como algo que le sucedió realmente. Y aunque la facilidad de autopersuasión —si bien no tan exagerada—, en rigor no es solo privativa del negro, en él nos explica muchas particularidades de su alma, de su gran emotividad religiosa, de su credulidad; y, desde luego, la influencia persistente, incalculable, que el hechicero y la magia ejercen continuamente en su vida.