El saqueo de Nicaragua

Book Information

Serie: Historia 278
ISBN ebook: 9788490075050
ISBN papel: 9788490078075
Páginas: 254
Portada: Billete de 5 córdobas de la American Bank Note Company de 1912
Traductor: Ana Mercedes Pérez
Prólogo de: Leonard Warburton Matters
Notas de: Rafael de Nogales Méndez
Tablas informativas: Rafael de Nogales Méndez
Category:Historia
Author:Rafael de Nogales Méndez
Categorías: Ediciones anotadas, Historia, Traducciones Etiquetas: Centroamérica, Estados Unidos, Latinoamérica, Nicaragua, Siglo XX, Venezuela

Descripción

La primera publicación de El saqueo en Nicaragua, de Rafael de Nogales Méndez, fue vetada en Nueva York en el año 1931. En ese entonces el gobierno de los Estados Unidos incautó todos los ejemplares de la tirada, cerró la Editorial Robert McBride & Co y a los editores los sancionó con una multa de 250.000 dólares.
El saqueo de Nicaragua es un libro que nos cuenta un pasado y un contexto trágico: el nicaragüense, y la situación que vivían países centroamericanos como República Dominicana y Haití en aquellos tiempos a causa de la violenta intromisión de la política estadounidense.
«Dignos caballeros en solemne cónclave no hace mucho concedieron el premio Nobel de la Paz al ex-secretario de Estado americano, señor Frank B. Kellog. El secretario lo aceptó, en medio de aplausos encendidos de lágrimas tanto de la prensa como del público de toda América y los Estados Unidos. ¡Cuán fina, emocionante y plausible parecía esta ceremonia!: Me pregunto si los caballeros que estaban otorgando el premio habían dirigido antes sus miradas hacia el sur y el oeste.»

Traducción de Ana Mercedes Pérez y prólogo de Leonard Warburton Matters.

 

Fragmento de la obra

Capítulo I
Dignos caballeros en solemne cónclave no hace mucho concedieron el Premio Nobel de la Paz al ex secretario de Estado americano, señor Frank B. Kellogg. El secretario lo aceptó, en medio de aplausos encendidos de lágrimas tanto de la prensa como del público de toda Europa y los Estados Unidos. ¡Cuán fina, emocionante y plausible parecía esta ceremonia!
Me pregunto si los caballeros que estaban otorgando el premio habían dirigido antes sus miradas hacia el Sur y el Oeste. Me pregunto si lo hacían a sabiendas de lo que estaba ocurriendo en Nicaragua, mientras enaltecían al secretario Kellogg. Me pregunto si los entusiastas de ojos humedecidos, que aplaudieron frenéticos el honor conferido al secretario de Estado americano, conocían lo que estaba sucediendo no lejos al Sur de la frontera meridional de los Estados Unidos. Me temo que no. Si lo hubieran sabido, quizás hubieran meditado un minuto. Porque la rapiña aniquilaba a Nicaragua. Una guerra sangrienta estaba allí desencadenándose. Reinaba en Nicaragua la opresión. El privilegio estaba sofocando los derechos humanos de aquel país.
Mientras el secretario Kellogg recibía, aparentemente humilde, el más alto premio por la paz, secretamente estaba impulsando la guerra. Sus marines, sus ametralladoras, destructores y cañoneras estaban protegiendo al Trust Bananero americano y otros intereses creados en la tierra extranjera de Nicaragua. Y los acorazados de míster Kellogg, los diplomáticos de revólver al cinto y blindados en hierro, estaban asegurando una elección justa para un puñado de traidores sicofantes nicaragüenses que, una vez subidos al poder, hubieran seguido a ciegas la voluntad de Wall Street y del Departamento de Estado en Washington.
Pero basta por ahora de Kellogg. Personalmente aparenta un caballero otoñal, amable, gentil, honorable. La única consideración que puede hacerse es su modo de practicar la diplomacia del dólar no solo en Nicaragua sino en todo el litoral del Caribe y en las Antillas. Un hecho brutal, injusto, mafioso y al margen de la ley de las naciones. Estoy seguro que de haberlo sabido habría sido para él doloroso, pero sus asesores se lo ocultaron. Sin duda le dijeron que estaban trabajando para los mejores fines. La civilización, según la entiende el político norteamericano corriente, es ser bien servido aun a costa de los hechos desagradables que por entonces acontecían en aquel pequeño y rebelde país del Sur. Y la prosperidad, la famosa prosperidad infinita de Coolidge que todos conocen, también sería servida. Tal vez no se le expuso suficientemente al secretario Kellogg que esa maravillosa prosperidad estaría centralizada en Wall Street y no propiamente en Nicaragua. Sin discusiones, no lo hizo con mala intención. Si Kellogg actuó como agente de la diplomacia del dólar, con todo lo que esto significa, solo fue porque formaba parte del sistema.
Ahora, míster Coolidge y su prosperidad, el señor secretario Kellogg y su Premio de la Paz son cosas olvidadas. Hablemos mejor de míster Hoover y su catástrofe. Míster Hoover dio el pasado invierno una desconcertante alerta a los intereses de los Estados Unidos en Nicaragua. Manifestó que dichos intereses no podían contar más con la protección de los marines. Debían correr el albur en un país extranjero. Hay todavía indicios de que Hoover quería ir más lejos. Pudo comprobar por sí mismo que las Islas Vírgenes están convertidas en un Asilo de Mendigos, a causa de la diplomacia de los Estados Unidos. Observó personalmente la pobreza abyecta y desesperada en que se ha hundido el floreciente Puerto Rico por la diplomacia de los Estados Unidos. Ha visto por doquiera sus desatinos en las repúblicas centroamericanas, rumorándose que se proyecta una mejor cooperación financiera con esos países.
Todo esto es muy halagador. Pero el optimista míster Hoover no debe ser demasiado crédulo. Hay otro factor que no debe ignorar, que le puede echar abajo sus malas intenciones. Ese factor es el viejo sistema incrustado, vetusto, antiguo, cruel, despiadado, ciego, brutal, insolente, ilegal factor de la diplomacia del dólar que, después de esclavizar financieramente a Europa, trata ahora de sojuzgar a la América Latina.