Episodios nacionales II. 7 de julio

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 178
ISBN ebook: 9788490072486
ISBN papel: 9788490072868
Páginas: 158
Portada: Ejecución de Rafael de Riego
Notas de: Benito Pérez Galdós
Category:Narrativa
Author:Benito Pérez Galdós
Categorías: Cultos modernos, Ediciones anotadas Etiquetas: España, Siglo XIX

Descripción

7 de julio es la quinta novela de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
En el año 1822, el gobierno liberal impuesto al rey Fernando VII a raíz de la sublevación de Riego se ve acosado a dos bandos tanto por absolutistas como por los radicales. Las fricciones entre la guardia y los milicianos son continuas, hasta que se produce una sublevación de la guardia rápidamente sofocada por las milicias ciudadanas. Como narra Galdós: «El rey era absolutista, el gobierno moderado, el congreso democrático, había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal y en otros realista y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre a todas las clases sociales».
En medio de todos estos continuos altercados de unos y otros, nuestro héroe, don Salvador Monsalud, continúa protegiendo a la joven Soledad, la hija de don Gil de la Cuadra, conspirador absolutista a quien Salvador había salvado de la cárcel y de una muerte segura, a finales de la anterior novela El Grande Oriente. Soledad, «Solita», termina enamorándose del protagonista, el cual no le presta mucha atención, ya que la ve simplemente como una hermana; en cambio sí le interesa una antigua amante ya casada.

Edición de referencia: Edición de referencia: Madrid, Imprenta de José María Pérez, 1876.

 

Fragmento de la obra

I
Parece que no ha pasado el tiempo. Todo está lo mismo. Ved la calle, la casa, los peces de colores nadando y revolviéndose con incesantes curvas en sus estanques; ved las jaulas de grillos colgadas en racimos a un lado y otro de la puerta; fijad la atención en la ventana de la escuela y oíd el rumor de moscardones que por ella sale. Nada ha cambiado, y don Patricio Sarmiento, puntual e inmutable en su silla como el Sol en el firmamento, esparce la luz de su sabiduría por todo el ámbito del aula. Lo mismo que el año pasado, está explicando la desastrosa historia y trágica muerte de Cayo Graco; pero su voz elocuente añade estas fatídicas palabras: «Terribles días se preparan. Roma y la libertad están en peligro.»
Entonces estábamos en febrero de 1821; ahora estamos en marzo de 1822. Durante este año de anarquía, durante estos trescientos sesenta y cinco motines, la calle de Coloreros no ha experimentado variaciones importantes. Don Patricio no parece más viejo: al contrario, creeríasele rejuvenecido por milagrosos filtros. Está más inquieto, más exaltado, más vivaracho: su pupila brilla con más fulgor y la contracción y dilatación de las venerables arrugas de su frente indican que hay allí dentro hirviente volcán de ideas.
Cuando suena la hora del descanso y salen los chicos, atropellándose unos a otros, golpeando el suelo con sus pies impacientes y llenando toda la calle con su desaforado infierno de chillidos, payasadas y cabriolas, que afortunadamente duran poco, don Patricio limpia sus plumas, se arregla el gorro, para que ninguna parte de su cráneo quede en descubierto, y unas veces con la regla en la mano, otras con las manos en los bolsillos, sale al portal entonando entre dientes patriótica cancioncilla.
Si Lucas está en su puesto, padre e hijo hablan un rato antes de subir a comer. Otras veces don Patricio planta su pintoresca figura majestuosa en el umbral, mira al cielo, husmea la temperatura y dirección del viento, y, si sus remos se han entumecido, da un paseo hasta el arco de San Ginés, sentando los pies con fuerza y estruendo para que entren en calor. Algunas palabras sonoras salen de su pecho, mientras mira de nuevo el cielo, como si en la inalterable grandeza de este viera una imagen de la inmortalidad.
Un día don Patricio cantaba:
Para arreglar todito el mundo
tengo un remedio singular,
y es un martillo prodigioso
que a un nigromante pude hurtar.
Cuando pretendan los malvados
el despotismo entronizar,
este martillo puede solo
entronizar la libertad.

Una joven se acercó a él con intención de hablarle.