Episodios nacionales IV. O’Donnell

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 206
ISBN ebook: 9788490072295
ISBN papel: 9788490073131
Páginas: 196
Category:Narrativa
Author:Benito Pérez Galdós
Categoría: Cultos modernos Etiquetas: España, Siglo XIX

Descripción

O’Donnell es la quinta novela de la cuarta serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
El autor nos describe la intención del libro en las primeras líneas: «Fue O’Donnell una época, como lo fueron antes y después Espartero y Prim, y como éstos, sus ideas crearon diversos hechos públicos, y sus actos engendraron infinidad de manifestaciones particulares, que amasadas y conglomeradas adquieren en la sucesión de los días carácter de unidad histórica. O’Donnell es uno de estos que acotan muchedumbres, poniendo su marca de hierro a grandes manadas de hombres».
Esta gran novela de Galdós inspirada en Leopoldo O’Donnell tiene un arranque soberbio en el que se relatan los últimos movimientos de la Revolución de 1854 (narrada en el anterior episodio), centrándose en la figura de Francisco Chico, jefe de la policía de Madrid. Pero por encima de todo destaca el retrato que se hace de la nueva clase burguesa. Y no con tintes positivos precisamente.
Ante esta precaria y difícil situación política en que ha quedado España, sirven de contrapunto en este episodio los vaivenes de Teresa Villaescusa, frívola muchacha perteneciente a la clase media madrileña cuyos vicios y virtudes reflejan los del propio país. Galdós desliza aquí un común denominador de esta cuarta serie de los Episodios Nacionales, tras tantos años convulsos: la necesidad fundamental de «comer», de «tener dinero para comer y para vivir»… Como se dice en la novela: «¡Comer, comer! De esto se trataba, y toda nuestra política no era más que la conjugación de este sustancial verbo».

 

Fragmento de la obra

I

El nombre de O’Donnell al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el mote de su propia síntesis psicológica, o con la divisa de su abolengo, esto es, el nombre de quien trajo el estado social y político que a tales personas y cosas dio fisonomía y color. Fue O’Donnell una época, como lo fueron antes y después Espartero y Prim, y como estos, sus ideas crearon diversos hechos públicos, y sus actos engendraron infinidad de manifestaciones particulares, que amasadas y conglomeradas adquieren en la sucesión de los días carácter de unidad histórica. O’Donnell es uno de estos que acotan muchedumbres, poniendo su marca de hierro a grandes manadas de hombres… y no entendáis por esto las masas populares, que rebaños hay de gente de levita, con fabuloso número de cabezas, obedientes al rabadán que los conduce a los prados de abundante hierba. O’Donnell es el rótulo de uno de los libros más extensos en que escribió sus apuntes del pasado siglo la esclarecida jamona doña Clío de Apolo, señora de circunstancias que se pasa la vida escudriñando las ajenas, para sacar de entre el montón de verdades que no pueden decirse, las poquitas que resisten el aire libre, y con ellas conjeturas razonables y mentiras de adobado rostro. Lleva Clío consigo, en un gran puchero, el colorete de la verosimilitud, y con pincel o brocha va dando sus toques allí donde son necesarios.
Pues cuenta esta buena señora que el día 23 de julio de aquel año (aún estamos en el 54) salía de la cerería de Paredes, calle de Toledo, el enfático patricio don Mariano Centurión ostentando con ufanía el sombrero de copa que estrenaba: era una prenda reluciente, de las dimensiones más atrevidas en altura y extensión de alas que la moda permitía, y en el pensamiento del buen señor tomaba su persona, con tan airoso chapitel, una dignidad extraordinaria y una representación pública que atraía las miradas y el respeto de las gentes. A dos pasos de la cerería se tropezaron y reconocieron Centurión y un ciudadano importante, Telesforo del Portillo, que también estrenaba sombrero, si bien aquel cilindro no era tan augusto como el otro, sino artículo de ocasión adquirido en el Rastro y sometido a un planchado enérgico. Se saludaron, y Centurión entabló un vivo diálogo con su amigo, conocido entre el vulgo por el apodo de Sebo. No ha transmitido la Historia los términos precisos de la conversación, limitándose a consignar que ambos patricios se habían encontrado en lastimosa divergencia en aquellas revueltas, por figurar don Mariano en la Junta de salvación, armamento y defensa que funcionó en la casa del señor Sevillano, y Sebo, en la que se denominó Junta del cuartel del Sur. La primera se componía de hombres templados y de peso; en la segunda entraron los jóvenes levantiscos y la turbamulta demagógica.