España: sus monumentos y artes, su naturaleza e historia

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Book Information

Serie:Historia 584
ISBN ebook:9788499535401
ISBN papel:9788498973709
Páginas:506
Portada:Alfred Guesdon: Barcelona
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Descripción

España: sus monumentos y artes, su naturaleza e historia. Pablo Piferrer y Francisco Pi y Margall

 

Fragmento de la obra

Capítulo I. Barcelona. Su fundación. Hamílcar Barca. Laietania. Monumentos romanos. Puerto
Barcelona pudiera con justicia blasonar de grande antigüedad, si los esfuerzos y sutilezas de los cronistas que han pretendido explicar su origen fuesen antes signos de aquella que de falta de datos para consignar una época fija y verdadera. Tal vez en tiempos remotos la tribu que poblaba esta comarca dio principio a un establecimiento, el cual pudo muy bien modificarse por el trato con los Pelasgos y Tirrenos, y ser otro de los que en Cataluña presentan indicios de esas relaciones y de una Civilización muy apartada. Por ventura y muy probablemente los Fenicios tocaron y se detuvieron en estas playas; que esto creemos significa la tradición de la venida de Hércules, no solo mito de los primeros progresos del hombre civilizado, sino también símbolo particular de la gente tiria, quizá realmente príncipe de ella y uno de los primeros que se lanzaron en busca de nuevas tierras a conquistarle el señorío de los mares. Mas ello es que Barcelona, lo mismo que Cartago Nova, señala en los anales de España una época memorable, en que el mando de una poderosa nación extranjera provocó en los indígenas la primera muestra histórica de su amor a la independencia, y atrayendo después el concurso de otra nación rival llamó afuera y robusteció más y más de cada día los elementos de una nacionalidad futura, al mismo tiempo que los sujetaba a un solo imperio. Es común opinión entre los historiadores que Hamílcar, el denominado Barca, echo los cimientos de una factoría, en la cual, si él no, la adhesión no desmentida de su ejército quiso eternizar aquel su sobrenombre, más grato y aun familiar a las tropas, bien como tal vez impuesto por ellas mismas, que el nombre propio. No hay para qué recordar que Barca no era sino sobrenombre personal, significativo de Rayo, digno de quien había tantas veces decidido de las batallas y sellado, todas sus acciones con la mayor actividad y con indomable energía. Más dichoso que Haníbal y Hasdrúbal, dejó a los siglos venideros un monumento que en solo su nombre dice su gloria; y si la severidad histórica consintiese suposición alguna, diríase que al llamarlo con aquel dictado que caracterizaba su genio y debía a sus hazañas, le comunicó también el porvenir de grandeza y poderío de que él era digno y que fue negado a su familia y a su patria. Empero bien nos es lícito ver en esta fundación otro de los infinitos testimonios de las incomprensibles vías de la Providencia, que reemplaza naciones con naciones, y al borrarse unas ciudades hace brotar otras de la tierra. Perdida para Cartago la Sicilia en la primera guerra púnica, donde todavía joven Hamílcar igualó a los capitanes más insignes de la antigüedad; encendida la guerra de los mercenarios en África; acrecentada la discordia civil, y la autoridad del senado herida de muerte con hacerse el general cabeza del bando demagogo; él hubo de cifrar en la conquista y en la explotación de España, hasta entonces descuidada, su propia conservación y los medios de engrandecerse y ofender a los romanos, y la república debió buscar la reparación de sus pérdidas en aquel país no beneficiado sino por los pacíficos fenicios y por los griegos. Mas si así se conciliaban entrambos intereses, aquella conquista venía a ser en último resultado uno de los principales orígenes de la decadencia de Cartago, ya que ella elevaba una familia a un grado de poder sin ejemplar en los anales del estado, y la proveía de recursos poco menos que inagotables para asegurarse el favor del pueblo y del ejército, dominar en el senado, que es decir, acomodar a su voluntad la constitución de la república. De esta manera, mientras Barca a favor de las riquezas prodigiosas que su nueva conquista le valía, enviaba a Cartago el germen de la discordia intestina, de la corrupción y por consiguiente de su decadencia; derramaba semillas de civilización por el litoral de España, creando centros que atrajesen a los pueblos comarcanos y sobre los cuales se asentó después la dominación latina.