Fortunata y Jacinta II

ISBN rústica: 9788490074053

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Descripción

Fortunata y Jacinta pertenece al ciclo de las «Novelas españolas contemporáneas» y es la obra cumbre de Benito Pérez Galdós. La trama describe el «Madrid galdosiano». Así lo afirman Leopoldo Alas (Clarín) y Pedro Ortiz-Armengol, uno de los biógrafos de Galdós. Los sucesos transcurren, entre diciembre de 1869 y abril de 1876 y diseccionan el ambiente socio-político tras los últimos días de la Revolución de 1868, el Reinado de Amadeo I de España, la Primera República, los golpes militares de los generales Pavia y Martínez Campos, y la Restauración.
En esta segunda parte de la novela Fortunata contrae matrimonio por interés con Maximiliano Rubín, enfermizo e impotente, sometido a su tía Lupe, quien obliga a Fortunata a una «cura» en uno de los muchos conventos de Madrid (Convento de las Madres Micaelas), donde la Fortunata conoce a Mauricia la Dura.

Fragmento de la obra

Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del día o casi todas ellas en el café. Amoldada su naturaleza a este género de vida, habríase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente del tiempo, y el único goce de su alma consistía en ver cómo expiraban las horas dando boqueadas, y cómo iban cayendo los periodos de fastidio para no volver a levantarse más. Iba al café al medio día, después de almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volvía después de comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta más de media noche o hasta la madrugada, según los casos. Como sus amigos no eran tan constantes, pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de política religión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar las escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de hierro y las mediascañas doradas. Aquel recinto y aquella atmósfera éranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que solo allí se sentía en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le faltaba fuera del café, y como a veces se olvidara súbitamente en la calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por recordar, y decía muy tranquilo: «En el café me acordaré». En efecto, apenas tomaba asiento en el diván, la influencia estimulante del local dejábase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le refrescaba y el entendimiento se le desentumecía. Proporcionábale el café las sensaciones íntimas que son propias del hogar doméstico, y al entrar le sonreían todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas que allí viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a él por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual.

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