Francisco. El Ingenio o las Delicias del Campo

3.00

Número de serie: Narrativa 465
ISBN ebook: 9788490070758
ISBN papel: 9788490071540
Páginas: 114
Portada: Central Orozco
Edición de: Mario Cabrera Saqui
Prólogo de: Anselmo Suárez y Romero
Edición anotada: Mario Cabrera Saqui
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Descripción

No fue Francisco. El Ingenio o las Delicias del Campo mi primera producción literaria; pero solamente había escrito los cuadros titulados Una noche de retreta, Un viejo impertinente, Un recuerdo, y Carlota Valdés, cuando emprendí, en 1838 y acabé en 1839, aquella novela, excitado por Domingo del Monte, a quien había pedido Mr. R. Madden algunas composiciones de escritores cubanos con objeto de saber el estado de la opinión acerca de la trata y de los esclavos, entre los jóvenes pensadores de Cuba.

Cuando publiqué mi Colección de artículos, en 1859, quise que entrasen a componer parte de ella los Fragmentos. El censor los rechazó apenas hubo leído los primeros párrafos, y si siempre había comprendido yo que mi novela no podía publicarse mientras existiese entre nosotros la esclavitud, lo cual influyó incuestionablemente para que en su oportunidad no tratase de mejorarla, los Fragmentos son, bajo todos sentidos, una prueba de que en la actualidad sería vano el intento de reproducir a Francisco metiendo la hoz en sus capítulos para cortar lo malo y salvar lo bueno. Aun la copia que se llevó Mr. Madden para Inglaterra, y por cuya adquisición estoy dando pasos, tal vez infructuosos por lo tardíos, no es verdaderamente igual a los borradores con cabal fidelidad transcritos ahora, porque José Zacarías González del Valle, que fue, en aquella época, el mejor de mis amigos, me excedía hasta tal punto, a pesar de ser tres años menor que yo, en instrucción y gusto, que sus correcciones, mutilando cuanto le parecía y arreglando algunas frases, acaso quitarían a la novela muchos de sus principales defectos para sustituirlos con bellezas acreedoras a los aplausos que entonces equivocadamente se me tributaron, tomándose por exclusivamente mío lo que más había sido parto de otro ingenio. A ese error achaco los desmesurados elogios de Cirilo Villaverde.

Anselmo Suárez y Romero

Edición de referencia: La Habana, Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, 1947. Edición a cargo de Mario Cabrera Saqui con notas suyas.

 

Fragmento de la obra

Capítulo I
Apenas se había levantado Ricardo, hermoso joven, hijo de la señora doña Dolores Mendizábal, ilustre y rica habanera, cuando se dirigió de la casa de vivienda a la de trapiche, donde estaba el mayoral, y habiéndole dado los buenos días, le dijo:
—¿Lo despachó usted? ¿Le ha chorreado la sangre? ¿Lo dejó usted a medio morir?
—Sí, señor —le respondió aquél quitándose respetuosamente el sombrero—. No le cogió el Sol en la cama; al Avemaría llevó su fondo, que le sabría a miel, porque el yelesito era de todos los demonios y el muchacho tiene la mano un poco pesada. Esta cáscara de vaca no es mala; es del buey Tigre, que se murió el otro día de viejo. Luego, el negrito vino con recomendación de la señora. ¿Servir mal a quien me paga el dinero con puntualidad? ¡Ni por pienso! Estos totíes se me atoran aquí en la garganta. Ítem más que…
—Todavía no me ha respondido usted. ¿Le chorreó la sangre? ¿Se puede menear? ¿Le arrancó usted la tira del pellejo?
—¿No le estoy contando al Niño? Les mandé a Juan, a Candelario, a Wenceslao y a Crispín que me lo sujetaran por las manos y las patas; y yo mismo, con estas manos —¡cómo las maldecirá el maldito!— empecé a desflecarlo. «Uno, dos… lleva la cuenta», le dije, «en equivocándote, vuelvo a empezar la fiesta». A las ocho se equivocó y tuve que cumplirle la palabra. Comencé de nuevo. ¿Qué iba a hacer? Pero el negrito se emperró, que parecía un verraco montuno, y no quiso contar más; mordía la tierra, se mordía los bembos, echaba sangre por la boca y crujía los dientes. Bien. La jarana le costó treinta zurriagazos de añadidura. Por cincuenta llevó ochenta. Estos marinitos de La Habana creen que uno se mama el dedo y que se deja pasar la mota por la cara. ¡Pues arríense, y veremos dónde nos da el agua! ¡Apuradamente soy muy blandito de genio!
—Hombre, por la Virgen Santísima, no he amanecido con ganas de conversar, y me está moliendo los sesos. Clarito, sin rodeos, responda usted a mi pregunta: ¿Salió o no salió la colorada?
—Toma que si salió ¡A mares, niño Ricardo! A cada beso de la pajuela saltaba un chorro; al fin, es de cáñamo. Y no fue eso lo mejor del cuento; los orines con aguardiente, sal y tabaco con que le embarré las nalgas; no le valió la guapería; dio más saltos que un venado. ¡Si digo yo que la unturilla es áspera!
—¿Dónde lo ha puesto usted? ¿En el cepo?

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