Guerra de razas. Negros contra blancos en Cuba

Ficha bibliográfica

Serie: Historia 628
ISBN ebook: 9788498973440
ISBN papel: 9788499535166
Páginas: 112
Portada: José de Jesús Monteagudo, comandante en jefe de las fuerzas armadas de la República de Cuba
Notas de: Autores varios
Ilustrador: Autores varios
Category:Historia
Author:Autores varios
Categorías: Cuba entre 1901 y 1959, Cultos modernos, Historia Etiquetas: Cuba, Latinoamérica, Siglo XX

Descripción

Guerra de razas. Negros contra blancos en Cuba. Rafael Conte Mayolino y José M. Capmany

Edición de referencia: Imprenta Militar de Antonio Perez. Muralla 40, La Habana, 1912.

 

Fragmento de la obra

I. LUCHA DE RAZAS

El movimiento insurreccional cuyas postreras vibraciones estremecen todavía las montañas orientales, ha sido un brote racista, una protesta armada de los negros contra los blancos, de los antiguos siervos contra los antiguos señores. Suponer otra cosa, atribuirle otro carácter, sería pueril y absurdo, y acusaría un desconocimiento absoluto del más trascendental y difícil de nuestros grandes problemas nacionales.
No hay que hacerse ilusiones sobre este punto: las dos razas que pueblan la República de Cuba se han declarado recíprocamente la guerra, han venido a las manos, han hecho correr la sangre; y de hoy más, el profundo recelo de los blancos servirá de contrapeso al odio inextinguible de los negros.
Uno de los dos bandos tiene forzosamente que sucumbir o someterse: pretender que ambos convivan unidos por lazos de fraternal afecto, es pretender lo imposible.
Tal vez hubiera sido esto realizable antes del 20 de Mayo de 1912, porque hasta entonces el negro y el blanco, que en el fondo se detestaban, habían logrado mantenerse dentro de los límites de la prudencia; pero hoy, después del choque armado, después de la agresión brutal y del terrible escarmiento, no es lógico ni humano suponer que la paz, que no pudo conservarse con halagos y promesas, haya de surgir de los campos ensangrentados de la lucha.
En todo caso, los blancos, vencedores a muy poca costa, podremos olvidar; pero los negros, vencidos, humillados, los negros que han sentido de nuevo en sus espaldas el infamante látigo del dominador, ni olvidarán el afrentoso castigo, ni perdonarán nunca a sus implacables ejecutores.
No es probable que los hombres de color, desalentados por el fracaso, se sientan dispuestos a reanudar inmediatamente la lucha; pero esto no significa ni mucho menos que las brillantes victorias de nuestros soldados en las abruptas serranías del Oriente deban considerarse como decisivas.
Todo hace creer, por el contrario, que el problema, lejos de haber sido resuelto, no está sino planteado. Tardará más o menos tiempo en surgir un nuevo Estenoz, pero surgirá; y si para entonces no estamos convenientemente preparados, las consecuencias serán funestas.
Por lo demás, el conflicto no es nuevo, ni obedece (como propalan algunos maliciosos) a determinadas causas de orden local. Los cubanos caucásicos y los cubanos africanos luchan entre sí por las mismas razones que desde que el mundo es mundo han tenido para combatir y exterminarse los hombres de distinto origen. Es el problema eterno: desde los tiempos más remotos, toda la historia de la humanidad se ha reducido a una perpetua e implacable lucha de razas. Cuba no ha podido sustraerse a la ley general. Y menos mal que se tratara de grupos étnicos afines, oriundos de una misma raza madre, pues en este caso podría esperarse que con el transcurso de los siglos acabarían por mezclarse y confundirse, como se confundieron y mezclaron los blancos germánicos de Ataulfo y Alarico, con los blancos latinos de las provincias romanas; pero, tratándose como se trata de caucásicos y etiópicos, la mezcla es imposible, puesto que ni aun por medio del cruzamiento continuado y científico, puede lograrse la desaparición total de una de las dos razas en provecho de la otra.

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