Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia

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Descripción

Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia de Nataniel Aguirre (Cochabamba, Bolivia, 1843-Montevideo, Uruguay, 1888), se publicó en 1885 en Cochabamba. Es una novela que narra hechos esenciales de la historia nacional boliviana, en tiempos del primer levantamiento por la independencia en Cochabamba. Los sucesos son contados por uno de los rebeldes bolivianos sobreviviente, Juan de la Rosa que, en su vejez reconstruye su vida en Cochabamba, los episodios históricos entre 1809 y 1811, la muerte de su madre, la represión española, la resistencia, victorias y derrotas en la guerra de independencia.
El autor recrea la cotidianidad de Cochabamba, a finales del siglo XIX, desde la ficción. El personaje recuerda el proceso histórico y los ideales que dieron lugar a la república boliviana; pero también pone en voz de la «memoria» los espacios familiares, los detalles personales y la tensión entre la vida pública y privada.
Algunos investigadores, como el boliviano Gustavo García, sostienen que la obra no pertenece a Nataniel Aguirre. Según García, Aguirre habría editado la novela —cuyo verdadero autor sería el coronel Juan de la Rosa o Juan Altamirano Calatayud— y ayudado a corregirla.
El problema está en que en la primera edición, de 1885, no hay ninguna referencia a Aguirre: la novela, titulada Cochabamba. Memorias del último soldado de la Independencia, está firmada por Juan de la Rosa, que es el personaje principal: Juanito, seguido del nombre de su madre Rosita.

Edición de referencia: Librería de la Viuda de C. Bouret, París, México, 1909.

 

Fragmento de la obra

Rosita, la Linda Encajera, cuya memoria conservan todavía algunos ancianos de la villa de Oropesa, que admiraron su peregrina hermosura, la bondad de su carácter y las primorosas labores de sus manos, fue el ángel tutelar de mi dichosa infancia. Su cariño, su ternura y solicitud maternales eran sin límites para conmigo, y yo le daba siempre con gozo y verdadero orgullo el dulce nombre de madre. Pero ella me llamó solamente «el niño», menos dos o tres veces en las que la palabra «hijo» se le escapó, como un grito irresistible de la naturaleza, que parecía desgarrar de un modo muy cruel sus entrañas.
Vivíamos solos en un cuarto o tienda del confín del Barrio de los Ricos, hoy de Sucre, sin más puertas que la que daba a la calle y otra pequeña, de una sola mano, en el rincón de la izquierda de la entrada. Una tarima, que era nuestro estrado y servía de noche para hacer la cama; una larga mesa sobre la que Rosita planchaba ropa fina de lino, albas y paños de altar; una grande arca ennegrecida por el tiempo; dos silletas de brazos con asiento y espaldar de cuero labrado; un banquito muy bajo y un brasero de hierro, componían lo principal del mueblaje de la habitación. Las paredes, pintadas de tierra amarilla, estaban decoradas de estampas groseramente iluminadas, entre las que resaltaba una pintura original, obra de no muy torpe como atrevida mano, que representaba la muerte de Atahualpa. En la pared fronteriza a la puerta, como en sitio de preferencia, había además un cuadro al óleo, de la Divina Pastora sentada, con manto azul, entre dos cándidas ovejas, con el niño Jesús en las rodillas. La puertecita de la izquierda conducía a un pequeño patio enteramente cerrado por elevadas tapias, y en el que un sotechado servía de despensa y de cocina.