La adversa fortuna de don Álvaro de Luna

3.00

Número de serie: Teatro 197
ISBN ebook: 9788498975673
ISBN papel: 9788498160925
Páginas: 132
Portada: Bandera Real del Reino de Castilla
Edición de: Vern G. Williamson
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Descripción

La adversa fortuna de don Álvaro de Luna, de Antonio Mira de Amescua, relata una conspiración en la que participó el marqués de Santillana contra don Álvaro de Luna, el hijo ilegítimo del copero mayor de Enrique III. Álvaro de Luna entró en la corte castellana como doncel de Juan II de Trastámara con el apoyo del Papa Benedicto XIII. Más tarde fue condestable de Castilla y representó a un poder real, aliado de la burguesía urbana, al que se enfrentaron la oligarquía castellana y los infantes de Aragón. La contienda fue larga y cruenta, el condestable sufrió el destierro dos veces (1427 y 1441). Aunque Álvaro de Luna apoyó la boda del rey Juan II con Isabel de Portugal. La nueva reina conspiró para que el rey lo detuviese. El 4 de mayo de 1453, durante la estancia de la corte en Burgos, Álvaro de Luna fue detenido por orden de la reina. Álvaro, que en estos momentos poseía uno de los ejércitos más poderosos de España, no ofreció resistencia y confió en la palabra del rey de que respetaría su vida y bienes. El 2 de junio de 1453, tras un breve juicio, fue ejecutado y su cadáver enterrado en una fosa destinada a los criminales. En 1658 el Consejo de Castilla lo declaró inocente de las acusaciones por las que había sido condenado.

 

Fragmento de la obra

Jornada primera

(Salen Robles y Nuño.)

Robles Seas, Nuño, bien venido
a los reinos de Castilla,
de los piélagos de oriente,
de aquellas fértiles islas
del Mar Tirreno. Después
que, capitán en Sicilia,
dejaste a España, no tienen
el estado que solían
las cosas. El rey es hombre;
a empresas grandes se inclina.
Niño le dejaste, ya
conocerle no podrías
a verle sin majestad,
y la diferencia misma
en don Álvaro hallarás.
Otro es ya; mas tanto priva
con el rey como merece.
Consérvele Dios la dicha.
Y pues la Naturaleza
se mostró pródiga y rica
en sus partes, la Fortuna
a sus pies esté rendida.
Muchos títulos no quiso,
muchos cargos, que podían
hacerle rico, no acepta.
¿Qué varón hay que resista
su mismo aumento? Éste solo
se niega al bien y porfía
con acciones militares;
venciendo huestes moriscas
las honras quiere ganar
a que el amor le convida,
y aunque resistió gallardo
al rey de Navarra, el día
que a Castilla pasar quiso
sus banderas enemigas,
merced ninguna ha aceptado
hasta verse en la conquista
de Granada, donde piensa
dilatar la Andalucía.
Viudo está, ya lo sabrás,
porque murió doña Elvira
Portocarrero, que fue
del señor de Moguer hija.
El rey, al fin, como sabes,
casó con doña María,
hija del rey de Aragón,
y las bodas en Medina
se celebraron; y agora
esa grandeza que miras,
ese pasmo de los hombres,
esa pompa y bizarría,
ese concurso que ves
en San Pablo, es que bautizan
al príncipe don Enrique,
que en las amenas orillas
de Pisuerga le ha nacido
de este matrimonio. Digan
los críticos las señales
con que los cielos avisan
revoluciones o aumentos
de esta feliz monarquía.
Tres padrinos, tres señores,
han de sacarle de pila.
Don Alonso Enríquez es
uno de ellos, sangre altiva
del mismo rey, gran señor
y almirante de Castilla.
El adelantado es otro;
ya sabes que se apellida
Sandoval, y Diego Gómez
ordinariamente firma.
Es don Álvaro de Luna
el tercero; no imaginan
a este propósito mal
políticos estadistas.
Dicen que los dos oficios
a don Enrique apadrinan,
y falta el de condestable
que quedó de las rüinas
de Ruy López, y que agora
querrá el rey que se lo pida
don Álvaro, porque así
en este bautismo sirvan
los tres oficios, que son
ya, Nuño, tienes noticias:
almirante, condestable
y adelantado. La grita
y aclamaciones del vulgo
parece que nos avisan
que salen ya de la iglesia.
De este lado te retira
o acompañemos también
la soberana familia
del rey, para ver despacio
lo que tanto nos admira.

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