La aurora en Copacabana

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Descripción

La aurora en Copacabana se refiere al santuario de Copacabana, ubicado en un pequeño pueblo de Bolivia, a orillas del lago Titicaca. Aunque habían sido cristianizados, sus habitantes creían en sus antiguas supersticiones. Solo las malas cosechas provocaron que una de las comunidades del pueblo, los Anansayas, decidiese erigir una cofradía en honor de la Virgen de la Candelaria. Calderón de la Barca escribió esta obra ambientada en ese entorno; conocía los textos de los cronistas de América y supo recrear estos datos con sorprendentes alusiones al escultor indio Tito Yupanguí, autor de la actual imagen que se venera en Copacabana. En La aurora en Copacabana Yupanguí parece iluminado por la religión cristiana, al ver cómo la Virgen salva a los suyos de un incendio.

 

Fragmento de la obra

Jornada primera

(Dentro instrumentos y voces, y salen en tropa todos los que puedan vestidos de indios, cantando y bailando; Iupangui, indio galán, un sacerdote, Glauca, y Tucapel y, detrás de todos, Guáscar Inca, rey. Todos con arcos y flechas.)

Iupangui: En el venturoso día
que Guáscar Inca celebra
edades del Sol, que fueron
gloria suya y dicha nuestra,
¡prosiga la fiesta!

Música: «Prosiga la fiesta,
y aclamando a entrambas deidades,
del Sol en el cielo, y del Inca en la tierra,
al son de las voces repitan los ecos
que viva, que reine, que triunfe y que venza.»

Inca: ¡Cuánto estimo ver que a honor
de la consagrada peña,
que desde Copacabana
sobre las nubes se asienta
en hacimiento de gracias
de haber sido la primera
cuna del hijo del Sol,
de cuya clara ascendencia
mi origen viene, os mostréis
tan alegres!

Iupangui: Mal pudiera
nuestra obligación faltar
a tanta heredada deuda.
Cinco siglos, gran señor,
de dádiva tan excelsa
como darnos a su hijo
para que tú de él desciendas
se cumplen, y hoy otros cinco
ha que cada año renuevan
la memoria de aquel día
todas tus gentes, en muestra
de cuánto a su luz debimos.
Y así, no nos agradezcas
festejos que de dos causas
nacen hoy: una, que seas
tú nuestro monarco, y otra,
que al culto en persona vengas,
a cuyo efecto hasta Tumbez
donde el Sol su templo ostenta,
a recibirte venimos
diciendo en voces diuersas…