Episodios nacionales I. La batalla de los Arapiles

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 173
ISBN ebook:9788490072431
ISBN papel:9788490072813
Páginas:274
Portada:W. Heath Robinson y Harry Clarke: La batalla de los Arapiles
Notas de:Benito Pérez Galdós
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Descripción

La batalla de los Arapiles es la décima y última novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
En ella se narra la victoria de las tropas aliadas (España, Inglaterra y Portugal) sobre los ejércitos napoleónicos en la Batalla de los Arapiles, en las cercanías de Salamanca, hecho que supuso un cambio de rumbo de gran relevancia en el devenir de la guerra de Independencia entre España y Francia. En esta entrega, el protagonista Gabriel de Araceli se incorpora al ejército que se halla en Extremadura, pues aquí le ha informado la condesa Amaranta que se encuentra Inés. Una parte importante de la novela la protagoniza Miss Fly, una joven y aventurera inglesa con la que Gabriel comparte y desarrolla alguno de los capítulos. Nuestro héroe, que tiene una gran actuación en la batalla, nos explica la decisiva intervención de los aliados Inglaterra y Portugal, que dirigidos por el inglés Lord Wellington, y junto al ejército español, redujeron e hicieron retroceder al ejercito Imperial de Napoleón. Aunque la Guerra de la Independencia no terminó con esta gran victoria, sí supuso el principio del fin. El desenlace romántico de la obra nos relata cómo Gabriel e Inés, junto con la condesa Amaranta, regresan y se establecen en Madrid, cerrando felizmente su historia y, con ella, la primera serie de los Episodios Nacionales.

Edición de referencia: Madrid, Imprenta y Litografía de La Guirnalda, 1878.

 

Fragmento de la obra

I

Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me permitirán descansar un poco.

Madrid, 14 de marzo.
Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie como no sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en Salamanca, su tierra natal, quién en Burgos o en Vitoria, y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan grande, tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación solo favorece a los pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.
Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guarda-ropas, la pobre condesa no pedirá limosna por ahora. He tratado de vender las alhajas, los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a catorce y dieciséis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis diamantes por una gallina.
Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica casa, uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran monarquía, me bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y la de Rumblar se ha entablado ya, y la cancillería de Granada ha dado a luz con este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no lo remedia, crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas más altas que las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa con delicia en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo. Convertiría el linaje humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que todo cuanto respira pudiese entender en su cuita.
El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble objeto de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en Madrid la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en el tal pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará un par de siglos mal contados sin que la sala de su sentencia o un auto para mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura también el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés los derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro de algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las informalidades que hubo en el reconocimiento y la indiscreción de mi pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa de Rumblar, fundándonos en varias razones de posesión civilísima, agnación rigurosa, masculinidad nuda, emineidad, saltuario, con otras lindas palabras que voy aprendiendo para recreo de mi triste soledad y entretenimiento de mis últimos días.
Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo en que va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y afrontado el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola carcoma, y funda su anatema en mi oposición al proyectado himeneo de nuestro derecho con el derecho de los Rumblar. Verdaderamente no carece de razón mi tía, y sin duda se me preparan en el purgatorio acerbos tormentos por haber ocasionado con mi tenacidad este conflicto.
Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas tus pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir a Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido conocimiento con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública y secreta.
Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que conviene a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros; más por Dios no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese lado no vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas, hijo mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia. Tus cartas y el placer que me causa contestarlas son mi único consuelo. Me moriría si no llorara y si no te escribiera.