Las paredes oyen

2.00

Ficha bibliográfica

Serie:Teatro 355
ISBN ebook:9788498979312
ISBN papel:9788498163056
Páginas:136
Portada:Bandana de algodón. Met Museum
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Descripción

Las paredes oyen es una expresión procedente de la Francia de la segunda mitad del siglo XVI. Según cuenta la historia, Catalina de Médicis hizo construir conductos acústicos en las paredes de sus palacios, para oír lo que se hablaba en las otras habitaciones y así saber si se conspiraba en su contra. Esta pieza homónima de Juan Ruiz de Alarcón cuestiona la mentira patológica y la maledicencia compulsiva del personaje de Don Mendo, quien para conquistar a Ana pretende injuriarla. Mientras, el virtuoso Don Juan en quien algunos han visto al propio autor, observa despechado los acontecimientos. Las paredes oyen tiene un trasfondo astrológico. Los planetas y signos evocados en el texto marcan un entorno mitológico y celestial regido por la Fortuna.
El discreto y devoto Don Juan de Mendoza, un alter ego del autor, pretende a doña Ana de Contreras.​ Don Juan es un hombre tenaz y contrahecho y siente por doña Ana un amor puro, con profundas raíces, enfrentado la retórica y las artes seductoras de Don Mendo, movido por el deseo.​ Al final de la pieza Don Juan triunfa sobre su rival. Y Ruiz de Alarcón construye una comedia de enredos, con ironía.

 

Fragmento de la obra

Jornada primera

(Salen don Juan, vestido llanamente, y Beltrán.)

Juan: Tiéneme desesperado,
Beltrán, la desigualdad,
si no de mi calidad,
de mis partes y mi estado.
La hermosura de doña Ana,
el cuerpo airoso y gentil
bella emulación de abril,
dulce envidia de Diana,
mira tú, ¿cómo podrán
dar esperanza al deseo
de un hombre tan pobre y feo
y de mal talle, Beltrán?

Beltrán: A un Narciso cortesano,
un humano serafín
resistió un siglo, y al fin
la halló en brazos de un enano,
y, si las historias creo
y ejemplos de autores graves
—pues, aunque sirviente, sabes
que a ratos escribo y leo—
me dicen que es ciego Amor,
y sin consejo se inclina;
que la emperatriz Faustina
quiso un feo esgrimidor;
que mil injustos deseos,
puestos locamente en ella,
cumplió Hipia, noble y bella,
de hombres humildes y feos.

Juan: Beltrán, ¿para qué refieres
comparaciones tan vanas?
¿No ves que eran más livianas
que bellas esas mujeres,
y que en doña Ana es locura
esperar igual error,
en quien excede el honor
al milagro de hermosura?

Beltrán: ¿No eres don Juan de Mendoza?
Pues doña Ana ¿qué perdiera
cuando la mano te diera?

Juan: Tan alta fortuna goza,
que nos hace desiguales
la humilde en que yo me veo.

Beltrán: Que diste en el punto, creo,
de que proceden tus males.
Si Fortuna en tu humildad
con un soplo te ayudara,
a fe que te aprovechara
la misma desigualdad.
Fortuna acompaña al dios
que amorosas flechas tira;
que en un templo los de Egira
adoraban a los dos.
Sin riqueza ni hermosura
pudieras lograr tu intento;
siglos de merecimiento
trueco a puntos de ventura.