Little Havana Memorial Park y otros textos

6.00

Ficha bibliográfica

Serie:Poesía 19
ISBN ebook:9788490075371
ISBN papel: 978849007501
Páginas:106
Portada:Grafitti de Banksy retocado
Prólogo de:Juan Carlos Castillón
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Descripción

Little Havana Memorial Park y otros textos es una visión inesperada del exilio cubano. Los cubano-americanos se encuentran entre los pocos grupos de emigrados o exiliados que han logrado integrarse y triunfar en su nuevo país en tan solo una generación y media en lugar de las tres normalmente necesarias. Eso les llena de orgullo. Cada millonario cubano es celebrado dentro de su comunidad como un éxito propio, cada fracaso como una mancha a borrar u ocultar.
La de Eduardo Leandro Campa no es una historia de triunfo. Incapaz de reconocer como propio el mito del cubano vencedor capaz de vender cualquier cosa a cualquier persona, Campa fue un marginal en gran parte para su propia comunidad. Perseguido en Cuba, fue al menos libre en los Estados Unidos, pero libre como sólo lo son los hombres sin tierra, su libro y su vida son el retrato de un Miami incómodo que no aparece en las guías turísticas de Miami, en algún lugar entre South Beach y Coral Gables.

La presente edición tiene un prólogo de Juan Carlos Castillón y una entrevista al autor hecha por Luis de la Paz.

 

Fragmento de la obra

1
Por el camino del Estadio de pelota,
hacia las luces del Estadio de pelota
se ven desde la azotea de mi casa,
en Estrella,
y se ven desde el piso 25
del Hotel Habana Libre
buen lugar para estar,
apuñalándome con ron la garganta,
sentado sobre una de las banquetas de la barra,
con las manos encima
de unas convidadas, complacientes, sensuales
rodillas
y mi rodilla engavetada en sus rodillas.

Pero voy por el camino del Estadio de pelota,
a las ocho y media de un sábado de serie
y serio aburrimiento,
sintiendo ya
la pelota detenida en el umbral del batazo:
los brazos alzados con abrigos, periódicos, vasitos de café,
hacia el esplendor de las luces del Estadio,
hábitat de un público que se levanta, aplaude, grita, blasfema.

6
A mi abuelo lo llamaban «El Capitán»
por esa voz que siempre mantuvo en la vejez.

Cuando mi abuelo se jubiló descubrió su verdadera vocación.
A las seis de la mañana cogía el número uno
para el desayuno en el Bar «Las Brisas»:
dos panes con mantequilla y leche sola (siempre se tomó
el café aparte):
luego miraba al cielo y decía proféticamente:
«hoy no va a llover»,
reencendía su tabaco de la noche anterior
y hacía tiempo para que llegara el periódico
al estanquillo de San Rafael y Galiano
—le gustaba hacer esa cola de jubilados
que después leen el periódico
en el Parque Fe del Valle
como un ritual:
cuatro en cada banco
con un periódico cada uno,
las páginas abiertas,
los nudillos de las manos chocando.

De paso se anotaba para el almuerzo del Ten Cent de Galiano
en la lista de «La Duquesa»
que sacaba de entre sus senos arrugados,
como de un largo bolsillo de pantalón.

Después dormía un poco con el diario sobre las piernas
y la cabeza echada hacia atrás,
hasta que el «¡Ya abrieron, compañeros!»
lo despertaba
para gastar un peso con cuarenta y cinco centavos
en el almuerzo
más veinticinco centavos en un cake de chocolate
que él prefería con sirope.

Al terminar, se limpiaba las comisuras de los labios
con una servilleta
que siempre llevaba por si no había,
y a pie, muy despacio, y torturando
cada tres cuartos de hora
su inacabable cabo de tabaco,
se iba
hacia la Terminal de ómnibus
para esperar el café de las tres de la tarde.

Los setenta y nueve años de mi abuelo
coincidieron
con la esperanza de algún nombramiento
de los que él llamaba organizadores de cola
(en general, él tenía ideas muy particulares
sobre la sicología de las gentes en los distintos tipos de cola),
cualidad que él sabía que poseía «La Duquesa»,
vieja oxigenadamente rubia,
con un escarabajo de cobre en la solapa
de su inseparable chaquetón azul.

Y en el Cementerio de Colón,
a la cabeza del cortejo,
mi abuelo mantuvo
su indiscutible número uno.