Episodios nacionales II. Los Apostólicos

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 183
ISBN ebook: 9788490072530
ISBN papel: 9788490072912
Páginas: 202
Portada: Vicente López Portaña: Retrato de María Cristina de Borbón
Notas de: Benito Pérez Galdós
Category:Narrativa
Author:Benito Pérez Galdós
Categoría: Ediciones anotadas Etiquetas: España, Siglo XIX

Descripción

Los Apostólicos es la novena novela de la segunda serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
La feroz lucha entre absolutistas y liberales continúa. El rey Fernando VII, a pocos años de su muerte, se ha casado con la napolitana María Cristina y esto se traduce en una suavización de las disposiciones y venganzas contra los liberales, lo que para los absolutistas no significa más que una muestra evidente de que la reina es una liberal francmasona. El rey tiene por fin descendencia, solo que femenina: la futura Isabel II.
Ya a las puertas de la muerte, intentarán convencerle para que derogue la Pragmática Sanción, según la cual las mujeres podían reinar si no tenían hermanos varones. Y aunque, en un momento de debilidad, lo consiguieron, el rey volvió a reinstaurar la pragmática y dejó con un palmo de narices a su hermano Carlos y las fuerzas apostólicas y ultraconservadoras que le apoyaban. Isabel II ocuparía el trono.
En medio de esta historia, en Los Apostólicos asistimos a la vuelta a España de nuestro héroe Salvador Monsalud, decidido a casarse con Sola. Pero como ya nos tiene acostumbrados el autor, las cosas no irán bien. Salvador ha llegado tarde, y la encontrará comprometida con don Benigno Cordero.

 

Fragmento de la obra

I
Tradiciones fielmente conservadas y ciertos documentos comerciales, que podrían llamarse el Archivo Histórico de la familia de Cordero, convienen en que Doña Robustiana de los Toros de Guisando, esposa del héroe de Boteros, falleció el 11 de diciembre de 1826. ¿Fue peritonitis, pulmonía matritense o tabardillo pintado lo que arrancó del seno de su amante familia y de las delicias de este valle de lágrimas a tan digna y ejemplar señora? Este es un terreno oscuro en el cual no ha podido penetrar nuestra investigación ni aun acompañada de todas las luces de la crítica.
Esa pícara Historia, que en tratándose de los reyes y príncipes, no hay cosa trivial ni hecho insignificante que no saque a relucir, no ha tenido una palabra sola para la estupenda hazaña de Boteros, ni tampoco para la ocasión lastimosa en que el héroe se quedó viudo con cinco hijos, de los cuales los dos más pequeñuelos vinieron al mundo después que el giro de los acontecimientos nos obligó a perder de vista a la familia Cordero.
Cuando murió la señora, Juanito Jacobo (a quien se dio este nombre en memoria de cierto filósofo que no es necesario nombrar) tenía dos meses no bien cumplidos, y por su insaciable apetito así como su berrear constante declaraba la raza y poderoso abolengo de Toros de Guisando. Sus bruscas manotadas y la fiereza con que se llevaba los puños a la boca, ávido de mamarse a sí mismo por no poder secar un par de amas cada mes, señales eran de vigor e independencia, por lo que don Benigno, sin dejar de agradecer a Dios las buenas dotes vitales que había dado a su criatura, pasaba la pena negra en su triste papel de viudo, y ora valiéndose de cabras y biberones, cuando faltaban las nodrizas, ora buscando por Puerta Cerrada y ambas Cavas lo mejor que viniera de Asturias y la Alcarria en el maleado género de amas para casa de los padres; ya desechando a esta por enferma y a aquella por desabrida, taimada y ladrona, ya suplicando a tal cual señora de su conocimiento que diera una mamada al muchacho cuando le faltaba el pecho mercenario, era un infeliz esclavo de los deberes paternales y perdía el seso, el humor, la salud, el sueño, si bien jamás perdía la paciencia.
En las frías y largas noches ¿quién sino él habría podido echarse en brazos la infantil carga y acallar los berridos con paseos, arrullos, halagos y cantorrios? ¿Quién sino él habría soportado las largas vigilias y el cuneo incesante y otros muchos menesteres que no son para contados? Pero don Benigno tenía un axioma que en todas estas ocasiones penosas le servía de grandísimo consuelo, y recordándolo en los momentos de mayor sofoco, decía:
—El cumplimiento estricto del deber en las diferentes circunstancias de la existencia es lo que hace al hombre buen cristiano, buen ciudadano, buen padre de familia. El rodar de la vida nos pone en situaciones muy diversas exigiéndonos ahora esta virtud, más tarde aquella. Es preciso que nos adaptemos hasta donde sea posible a esas situaciones y casos distintos, respondiendo según podamos a lo que la Sociedad y el Autor de todas las cosas exigen de nosotros. A veces nos piden heroísmo que es la virtud reconcentrada en un punto y momento; a veces paciencia que es el heroísmo diluido en larga serie de instantes.