Los ciegos

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 126
Portada:Postal del Hotel Lincoln. La Habana
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Descripción

Los ciegos. Carlos Loveira

 

Fragmento de la obra

I. DOS HOMBRES, UNA MUJER Y UN CURA

Contreras 268 era mi viejo, sólido y señorial caserón criollo de un solo piso.
Fachada: baja, antiestética, con dos enormes ventanas de gruesos barrotes, que casi nunca se abrían, y una puerta chata, como la de una cochera, invariablemente entornada, durante las horas del día y las primeras de la noche.
Interior: cómodo, ventilado, y distribuido del modo clásico: un zaguán de oscuras baldosas, desgastadas por los pies de varias generaciones y por el frecuente lavado del añejo carruaje que, envuelto en su funda gris, y con las barras en lo alto, semejaba un extraño paquidermo que adormilado guardase la entrada de la casa. Saleta con dimensiones de sala. Sala como un palacial salón. Patio de las mismas baldosas oscuras del zaguán, con macetas, arriates y en éstos algunos frutales chaparros, como anones, granados y limoneros. A entrambos lados del patio filas de puertas y ventanas de los cuartos, que armonizaban en tamaño con las otras habitaciones. Al fondo la amplia cocina, el amplísimo comedor, cuartos para criados y doble juego de baños y de lo otro. En todas las piezas, muebles macizos, centenarios, patriarcales.
Vidrios de colores en puertas y ventanas. Pisos de reluciente enlosado. Flores, verduras, aromas y bulliciosos gorriones en el patio, que en las mañanas doraba el sol.
Era ésta la antigua casa de los Calderería, una de las más rancias y acomodadas familias matanceras, cuya fortuna había sufrido serios reveses en los años inmediatamente anteriores a la Guerra de Independencia, y a punto de hundirse por completo había estado durante los ruinosos tiempos de la misma.
Ricardo, único gajo nuevo del viejo tronco familiar, pasó dichos ruinosos tiempos en la emigración; en la cual ayudó pecuniariamente a la causa de la Independencia, no obstante que con ello debilitaba peligrosamente su endeble, vacilante patrimonio. Pero no hizo muy ostensible su separatismo, por las mismas razones que le contuvieron cada vez que había pensado en lanzarse a la manigua: el temor a las represalias de los españoles, en forma de confiscación de bienes y de vejaminosos ultrajes a “los viejos”, ya por entonces muy gastados para los ajetreos de un viaje.
Terminada la Guerra, cuando la madre de Ricardo había muerto y el padre estaba a punto de seguirla, el joven regresó a Cuba, y un año después de firmada la paz heredó la antigua casona, junto con el ingenio Dos Ríos situado en La Cidra, una colonia de caña cercana a Bolondrón y algunas casitas en las barriadas pobres de Pueblo Nuevo y Versalles; todo ello más enredado y tambaleante entonces, porque además de que se le venían encima los acreedores, brotaban por todas partes los presuntos condueños, empeñados en pleitar desaforadamente.

Imprenta El Siglo XX de la Sociedad Editorial Cuba Contemporánea, La Habana, 1922.