Los diputados por Cuba en las cortes de España

3.00

Número de serie: Historia 576
ISBN ebook: 9788499539720
ISBN papel: 9788499539744
Número de páginas: 46
Imagen de portada: Cristòfol Monserrat Jorba: Retrato de Carlos González Rothvoss
Edición anotada por: Autores varios
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Descripción

Los diputados por Cuba en las cortes de España durante los tres primeros períodos constitucionales. Elías Entralgo

 

Fragmento de la obra

Trabajo presentado por el Académico Correspondiente en Marianao, Provincia de La Habana, doctor Elías Entralgo,
Y aprobado en sesión ordinaria de 20 de abril de 1944.

Los miembros correspondientes son algo así como el cuerpo diplomático de las academias. No dejan de formar parte de ellas aunque estén fuera de su circuito con cierta especie de extraterritorialidad. Y la asociación de ideas me ha llevado a pensar en la posible afinidad entre la naturaleza del académico y la índole del tema que escoja para su trabajo de entrada. ¿No parece apropiado que quien va a representar a la Academia de la Historia de Cuba en el exterior seleccione para su estudio ingresal un pedazo de nuestro vivir histórico que no se desarrolla siempre dentro de la Isla?
El planteamiento que acabo de bosquejar no es de la categoría de los que exigen justificación o explicación. Pertenece más bien al contorno flexible de la gracia o la simpatía intelectuales. Es menos que un criterio; es un gusto. Por ello, sin detenerme en introductoria faena apologética, pasaré ya a situar los cuatro puntos cardinales que orientarán la lógica de esta indagación.
1. ¿Por qué fueron diputados por Cuba a las Cortes de España? 2. ¿Cuándo fueron? 3. ¿Cómo fueron? 4. ¿Para qué fueron? La primera cuestión es intrínsecamente causal; la segunda es genuinamente histórica; la tercera es axiológicamente política y en algún modo sociológica; la cuarta es eminentemente teleológica. Procuraré percibirlas en su verdadero olor, verlas en su real color, paladearlas en su efectivo sabor.

I
Cuba no tuvo diputados ante las Cortes hispánicas por virtud de ningún movimiento vernáculo; sino por una serie de acontecimientos ocurridos en su metrópoli de entonces, que a su vez tenían origen en el otro lado de los Pirineos. Es que la mente humana, tan fecunda en las obras del arte, de la filosofía y de la ciencia, suele ser escasa en la producción de instituciones políticas. ¡A qué profunda meditación no se presta ese fenómeno de que los hombres, conocedores de tantas cosas, no hayan sabido darle mucha variedad al invento de organismos para su propio gobierno! De ahí que, políticamente hablando, la historia transite de una civilización a otra, ande de aquella a esta cultura, por un camino empedrado de mimetismos. España no sería una excepción de esta regla con respecto a Francia en la última década de la centuria décimo octava y en los primeros lustros del siglo XIX. En realidad ningún pueblo del continente europeo escapó, en favor o en contra, a la profunda sacudida de la Revolución Francesa. Lo que hacía peculiar la situación de España es que ésta no se encontraba en condiciones para seguir las nuevas ideas ni tampoco para oponerse a ellas. Como en tantas otras etapas de su historia y de su cultura el dejarse llevar por la tradición podía mucho más en la vida española que el llevar la convicción. Sus historiógrafos más veraces y sinceros aseguran que aún los hombres públicos considerados en aquella época como progresistas propugnaban la monarquía. Y este régimen de gobierno no podía hundir a la nación bajo el lastre de una política peor. La interior era unilateral, ciñéndose a defender los intereses de la realeza, mediante la improvisación, la inexperiencia y la incapacidad del primer ministro, el favorito Manuel Godoy. La política exterior, en aquellos momentos absorbida por las relaciones con Francia, fue vacilante con la Asamblea Constituyente y la Legislativa, temerosa con la Convención, sumisa con el Directorio y abyecta con el Consulado y el Imperio. Los resultados de tales maneras de gobernar se patentizaron en las finanzas públicas, caídas en crisis por las guerras y el abuso de la acumulación de los altos sueldos, y obligadas a acudir a los expedientes crematísticos a que siempre apelan los países que no están dirigidos por la savia de los estadistas: los empréstitos, el aumento de los impuestos en número y en cantidad recaudable, el reajuste… Ahora bien, en medio de la desorientación nacional no se extraviaba el mantenimiento de la herencia psíquicosocial; y algunos aspectos contradictorios en el carácter de ese pueblo conservaban sostenida vigencia. Mencionaré el más representativo, acaso por su estrecha vinculación con lo político desde que con la invasión visigoda los españoles admitieron la forma gubernativa que hace residir el poder supremo en el príncipe: la infidelidad al rey coincidiendo con la lealtad a la monarquía. Fernando, en sus ambiciones a ser el VII de este nombre, sería ahora el vehículo de la paradoja insigne.

…considerando que los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como las de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española; y deseando estrechar de un modo indisoluble los sagrados vínculos que unen unos y otros dominios, como asimismo corresponder a la heroica lealtad y patriotismo de que acaban de dar tan decisiva prueba a la España en la coyuntura más crítica en que se ha visto hasta ahora nación alguna, se ha servido S. M. decretar, teniendo presente la consulta del Consejo de Indias de 21 de noviembre último, que los reinos, provincias e islas que forman los referidos dominios deben tener representación nacional e inmediata a su real persona, y constituir parte de la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino por medio de sus correspondientes diputados.
Para llevar a efecto tales propósitos habría de elegirse un representante distrital por cada uno de los virreinatos de Nueva España, Perú, Nueva Granada y Buenos Aires y por cada una de las capitanías generales de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Venezuela y Filipinas. El decreto pasaba a regular el procedimiento de elección. En las capitales o cabezas de partido, sin excluir las provincias internas, los ayuntamientos nombrarían «tres individuos de notorias probidad, talento e instrucción, exentos de toda nota que pueda menoscabar su opinión pública». No se quedaba aún contento el redactor de este papel, e interpretando el espíritu de sus inspiradores insistía sobre las autoridades superiores de España en América para que metiesen en el ánimo de los ayuntamientos «la escrupulosa exactitud con que deben proceder a la elección de dichos individuos, y que prescindiendo absolutamente los electores, del espíritu de partido que suele dominar en tales casos, solo atiendan al riguroso mérito de justicia vinculado en las calidades que constituyen un buen ciudadano y un celoso patricio». Una vez hecha la elección de esos tres hombres, el ayuntamiento sortearía solemnemente uno de entre ellos, comunicando al jefe más alto del territorio los patronímicos, generales «y demás circunstancias políticas y morales» que adornaban al decidido por la suerte.

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