Los milagros de la Argentina

ISBN rústica: 9788498166828

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Descripción

Los milagros de la Argentina. Godofredo Daireaux

 

Fragmento de la obra

Prólogo

I. LOS DUENDES DE LA COLORADA
En la inmensa llanura entapizada de pajonales matosos, traicioneros encubridores de vidas acechadoras y de muertes ignotas; sin más atenuación a su tétrica soledad que unas cuantas miserables chozas de techo de paja perdidas entre los juncales, existió, por mucho tiempo, una estancia misteriosa. Ocupaba una pequeña loma, larga y angosta, rodeada de cañadones sin fin y oculta, casi siempre, entre brillazones engañosas.
La llamaban «la Colorada» porque en el horizonte, relumbraba a menudo como siniestra llamarada de incendio o roja mancha de sangre: «Por ser el techo de teja», decían algunos; pero, sin incendio ni sangre, no puede haber reflejo a sangre ni incendio.
Establecimiento primitivo, aglomeración de ranchos, ramadas y ombúes, con corrales de palo a pique y montecito de sauces, sus haciendas —afirmaban los que decían haber cruzado su campo—, eran todas ariscas y bravías, cuidadas por unos gauchos temibles, de poncho y chiripá, botas de potro y grandes espuelas, armados de cuchillos enormes, enemigos acérrimos del extranjero, refractarios a toda civilización.
Sobre su dueño corrían entre la gente mil historias. Para muchos era el mismo Mandinga en persona, y nadie más; otros decían que allí tenía su morada un duende matrero, caudillo de antaño, sanguinario y burlón, quien —lo mismo que cuando estuviera en vida—, por puro capricho de loco omnipotente, humillaba a sus víctimas, antes de degollarlas.
De «la Colorada» salían entre alaridos huestes devastadoras. Sus sangrientas fechorías, en forma de revoluciones políticas se sucedían casi sin interrupción; del Sud pobre y rudo, se extendían al Norte fértil, llenándolo todo de crímenes y de sangre, atajando la inmigración, anhelosa ya de traer al país la fuerza de sus brazos, la ayuda de su labor, la luz y la riqueza. Todo era caos, noche, tempestad.
Se disputaban la palma de la destrucción y del atraso el salvajismo político y el salvajismo del indio. La justicia parecía tener por misión castigar a la gente buena y recompensar a los criminales. Gobernar consistía en dominar por el terror o por el hambre a los contrarios, a los que habían dado… o vendido su voto al candidato vencido.
De rojo subido se ponía, en ciertas ocasiones, el espejismo de «la Colorada» y el pueblo atemorizado veía en ello el signo fatal de nuevas calamidades inmerecidas, obra de algunos desalmados cuya ambición venía a impedir el desarrollo de la prosperidad nacional…
Poco a poco se hicieron menos frecuentes las brillazones rojizas, escaseando más y más los súbitos y terribles avances de la barbarie moribunda. Duendes inquietos había siempre en «la Colorada», pero iban amortiguándose los arrebatos sanguinarios de su alma matrera, y sus resabios perturbadores de la tranquilidad y del progreso. Hasta que acabó por desaparecer paulatinamente toda vislumbre funesta; y desaparecieron también los ranchos viejos y los corrales antiguos, surgiendo en su reemplazo, en los campos saneados y cultivados, un soberbio palacio de granito y de mármol, aureolado de celeste y blanco, rodeado de los mil aparatos inventados por el genio humano para facilitar y multiplicar la producción agrícola y enriquecer hasta lo inaudito, con el cultivo de sus dilatados campos, a todos los habitantes de la Pampa.
Fue en este palacio que nació y que todavía mora el Hada Argentina.