Malek-Adhel

3.00

Book Information

Serie:Teatro 373
ISBN ebook:9788498975345
ISBN papel:9788498160635
Páginas:86
Portada:Save Sammezzano: Sala dei gigli
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Descripción

Malek-Adhel es una aventura entre Cruzados y príncipes musulmanes, obra del Duque de Rivas…

 

Fragmento de la obra

Acto I

(La escena es en Ptolomayda. Los cuatro primeros actos, en un salón del palacio de los reyes cruzados, y el quinto, en la capilla extramuros donde estaba el sepulcro de Montmorency. La acción empieza al amanecer y concluye a medianoche.)

(Matilde, sola.)

Matilde Ya de Carmelo en la fragosa cumbre
brilla la luz del Sol, y sus reflejos
al ronco mar, imagen espantosa
de mi confuso y agitado seno,
próximo anuncia el tremendo día
que mi Destino va a fijar… ¡Oh cielos!…
¡Matilde desdichada!… ¡Cuál palpita
tu enamorado y afligido pecho!…
Paz deliciosa, cuyas dulces alas
mi edad primera plácidas cubrieron,
¿dónde estás?… ¿Dónde estás, mansión dichosa
de inocencia y virtud? ¡Fatal momento
en que osé abandonar vuestro recinto
sacrosanto y feliz!… Ya el mudo sueño
huye con las tinieblas de la noche;
la decisión se acerca… ¡Dios eterno!
Hoy, ¡para siempre!… en los desiertos mares
este Sol mismo esconderá su fuego
y ya mi suerte, ¡oh confusión!, ¡oh, día!
Malek-Adhel, Malek-Adhel… Guillelmo…
volad en mi favor. ¡Piadoso y santo
arzobispo de Tiro! Sí, tu celo
convertirá a mi amante, y Dios benigno
con la fe santa alumbrará su pecho.
Mas cuánto tarda, ¡cuánto! Hoy el concilio
va a resolver… y acaso… Me estremezco.
No, prelado ejemplar; sin tu presencia
no osará decidir… Sin ti, ¿qué espero?
¿No podrá suspenderse? ¡Ay!, si el buen Hugo
favorecer quisiera mis intentos;
no me abandonará: la amistad pura
le ha unido con Adhel, y es caballero.
¿Y sin rubor podré manifestarle
el criminal amor en que me incendio?
¡Criminal! ¡Ah! ¿Por qué, Dios de venganza,
amo a un infiel, a un impío sarraceno?
Pero tú, que formaste sus virtudes,
sabrás, benigno, perdonar mi yerro.
Tu piedad solo…

Escena II

(Matilde y Hugo.)

Hugo La condesa Herminia
me dijo, alta princesa, ha corto tiempo
que a este lugar mis pasos dirigiera
a encontrarme con vos. Y ansioso vengo
a vuestras plantas. ¡oh Matilde!,
de escuchar y cumplir vuestros preceptos.

Matilde ¡Hugo ilustre!

Hugo Señora…

Matilde En vos tan solo
puede encontrar mi agitación consuelo.
Que no extrañéis el infeliz estado
en que mi corazón se encuentra os ruego.
Sabéis de Saladino las propuestas
que de Jerusalén cede el imperio
al gran Malek-Adhel, su hermano heroico,
con tal que a mí se enlace en himeneo.
¿Sabéis que los obispos y legados
ha ocho luces discuten en secreto
sobre abrazar o rechazar al punto
esta proposición, y ya el Consejo
va a congregarse por la vez postrera,
y hoy debe decidir?… Mas ¿podrá hacerlo
sin escuchar el parecer prudente
del prelado de Tiro, cuyo celo,
profunda ciencia y santidad sublime
tan necesarios son para el acierto?

Hugo Tal mi dictamen es; tal es, Matilde;
y sin la autoridad del gran Guillelmo,
cualquiera decisión… Mas ¡oh princesa!,
Ricardo y Lusiñán están resueltos…
El concilio tal vez…

Matilde ¡Oh Dios!

Hugo Señora, ¿Y si la decisión se hubiese puesto
en vuestra mano?…

Matilde ¡Ay Hugo!

Hugo Alta princesa,
perdonad, perdonad. Estuve un tiempo
al lado de Malek. Cuando los muros
de la santa Sión rotos cayeron ante
el poder del furibundo persa,
y el trono del insigne Godofredo
Saladino ocupó, yo, cautivado
y entre cadenas bárbaras envuelto,
a sus plantas me vi. Su hermano heroico,
el gran Malek-Adhel, cuyo denuedo
humilló los católicos pendones,
movido a compasión, rompió mis hierros.
Y vida y libertad, hijos y esposa,
sus generosas manos me volvieron.
Conozco las virtudes eminentes
que le adornan, Matilde. Si su acero
es rayo destructor, terror y asombro
de las huestes cruzadas; si su esfuerzo
con mengua nos lanzó de Palestina,
su corazón tiernísimo y sincero,
su esplendente heroísmo, su grandeza,
su generosidad, sus altos hechos,
encanto son de amigos y enemigos…
¡Oh Dios piadoso!… ¡Los errores ciegos
de Mahomet infernal virtudes tantas
hundirán para siempre!

Matilde ¡Justo Cielo!

Hugo Amo a Malek-Adhel. ¿Y quién, señora,
no lo ha de amar, si llega a conocerlo?

Matilde Príncipe, ¿qué decís?… ¡Verdad terrible!…

Hugo Notorios son los infortunios vuestros.
Harto, señora, sé que sus virtudes
a vos patente como a nadie fueron.

Matilde ¡Cuánto ignoráis aún!… ¡Suerte tremenda!…
Escuchad Mas ¡ay mísera!… Yo tiemblo…

Hugo ¿Qué, señora? No alcanzo, confiadme…

Matilde Príncipe, ¡qué tristísimo secreto
os voy a revelar!… Compadecedme…
Un sagrado solemne juramento
me obliga a ser su esposa. Si el concilio
reprueba las propuestas…

Hugo ¡Ah!… ¿Y es cierto,
princesa? ¿Habéis jurado ser su esposa?
¿Esposa de un infiel?

Matilde Príncipe, os ruego
que me compadezcáis.

Hugo ¿Cómo?…

Matilde Cautiva
en el ondoso mar del sarraceno
de ese Malek-Adhel, su noble brío
vi con pavor y su marcial denuedo.
Después, un año en su poder, lo heroico
de su alma y los hermosos sentimientos
conocí por mi mal, y absorta entonces
vi que aquel corazón de duro hierro
en los sangrientos y hórridos combates
abrigaba dulcísimos afectos.
¡Dios!… ¡Cuánto le debí!… ¡Qué nobles muestras
de sumisión!… En el alcázar regio
que allá venera el Támesis umbrío
no encontrara jamás tanto respeto.
Él… ¿Para qué me canso, Hugo prudente,
sus acciones sublimes refiriendo,
si vos le conocéis?…

Hugo Sí; le conozco,
y sé el voraz inapagable incendio
en que ardió al admirar las perfecciones
con que os dotó tan liberal el Cielo.

Matilde Completó un giro en derredor del mundo
del refulgente Sol el curso eterno,
y en su poder me vio, más combatida
de su ardoroso llanto, de sus ruegos
de su constante amor y sus virtudes
que esta playa lo está del mar horrendo.

Hugo ¿Por qué no fue la fuga vuestro escudo?

Matilde Mil veces lo intenté. Mas, ¡ay!, el Cielo
contrarió mi afanar. Cuando en Damieta,
sola me vi, dispuse en el momento
mi peligro evitar. Huyo anhelosa
con cien cristianos bravos caballeros,
y en busca voy de un santo cenobita,
que habitaba en las costas del Bermejo,
para fortalecer con sus virtudes
mi vacilante y combatido pecho.
Le encuentro al fin; mi suerte miserable
le hago patente, y su sublime ejemplo,
y su honda austeridad, y su prudencia,
y su ferviente orar, y sus consejos,
vigorizan mi espíritu abatido
y la tranquilidad torna a mi seno.
A volver a estos muros me aprestaba,
cuando una tropa vil de árabes fieros
sorprende a los cristianos de mi escolta,
al santo penitente fin horrendo
dan al pie del altar, ante mis ojos:
es vana la defensa, es vano el ruego.
Cuantos intentan defenderme rinden
al filo agudo el generoso cuello.
Y ya la muerte atroz me amenazaba,
cuando al crujir del pavoroso acero
miro a Malek-Adhel con sus valientes,
que me busca y me encuentra en tanto riesgo.
Llega, combate, vence, ahuyenta, humilla,
desbarata a los viles bandoleros
y me salva la vida.

Hugo ¡Oh generoso
y valiente Malek!

Matilde Estadme atento,
escuchad algo más. Mirando ufano
su sangre y sus heridas con desprecio,
solo cuida de mí, que, desmayada
me ve en el lodo del sangriento suelo.
Servido de los suyos, me acomoda
en su caballo, de sudor cubierto,
y me aleja veloz de aquellos sitios,
do me llevara mi destino adverso.
Al asomar la plateada Luna
en la abrasada arena del desierto,
me hallo de inmensa soledad cercada
y de pavor y hondísimo silencio
con Adhel y los pocos que le siguen…
Pero aun riesgo mayor guardaba el Cielo
a esta infeliz…

Hugo ¡Oh Dios!

Matilde Cuando los rayos
de la primera luz aparecieron
y ansiosos esperábamos el día,
se aumentaron, ¡oh príncipe!, los riesgos.
La sed y la fatiga y los ardores
de la abrasada arena en nuestros pechos
robaron el valor y la constancia,
y más al advertir presagios ciertos
de que a agitar los vastos arenales
de aquel espacio el requemado viento
del ardoroso Sur se preparaba,
y a dar a nuestras vidas fin funesto.
Entonces, con terribles alaridos,
los bárbaros soldados sarracenos
que siguen a Malek claman furiosos,
en ronco grito y en tumulto fiero,
que el amor de su jefe a una cristiana
con tales plagas castigaba el Cielo.
Y, fanáticos, rompen la obediencia,
y en mí vengar su situación quisieron.
El gran Malek-Adhel, que, absorto,
mira la infame sedición y horrible intento,
empuñando la corva cimitarra
su número desprecia, y sobre ellos
se lanza denodado, como suele
el rayo ardiente al resonar del trueno,
y mata, y atropella, y todos ceden,
y me salva otra vez. Viles, huyeron
dejando a su señor, y a mí en sus brazos,
yerta, y pálida, y muda, y sin aliento.
¡Dios! Tú lo presenciaste… tú, ¡oh Dios santo!,
vistes allí su amor y su respeto.
Él me salvó mi vida tantas veces,
salvó mi honor y mi inocencia a un tiempo.
¿Quién su moderación, y su heroísmo,
y su amor, y su llanto, y sus esfuerzos
pudiera ver sin interés?… ¡Ay Hugo!,
entonces el terrible juramento
mi labio y mi alma toda pronunciaron,
que no es mi corazón rígido acero.

Hugo Cuánto combate, ¡oh Dios!… ¿quién resistiera?
Bien vuestro amor y gratitud comprendo.
Pero ¿después?

Matilde Llegamos a Damieta,
venciendo al fin tan horroroso riesgo.
Y entonces, ¡oh virtud!, con mi palabra
el gran Malek, premiado y satisfecho,
a sí mismo se vence, y, generoso,
me da la libertad y cien guerreros
cristianos para escolta. Y al gallardo
noble Montmorency, francés excelso,
le encarga mi custodia. ¡Amable joven
que murió en mi defensa! El filo horrendo
de la sañuda Parca ante mis ojos
cortó cual tierna flor su ilustre cuello.
Ved, pues, mi situación… Estos tratados,
esta paz que el Soldán nos ha propuesto,
todo es obra de Adhel… Si los obispos
se opusieran… ¡Oh Dios!… Solo Guillelmo…

Hugo ¿Y de Tiro juzgáis que el gran prelado
podrá acceder a que una el himeneo
a una princesa, honor del cristianismo,
con un príncipe infiel?…

Matilde ¡Infiel!… El Cielo,
el Cielo, que conoce sus virtudes,
alumbrará su generoso pecho.
De Guillelmo las santas persuasiones…

Hugo Si así fuese…

Matilde Suspéndase el Consejo.
Por piedad, por piedad…

Hugo Pero, Matilde,
un tenebroso impenetrable velo
nos esconde el lugar donde se encuentra
el prelado de Tiro; ni sabemos
a dó se encaminara, ni si torna,
y tal vez la tardanza…

Matilde Nada debo
ocultaros, ¡oh príncipe! Movido
de mi justo temor y de mis ruegos,
el gran Malek-Adhel marchó en su busca,
dejando los festines y torneos
do a favor de la tregua que gozamos
ostentaba su amor y su denuedo.
Y por Kaled de recibir acabo
de que hoy llegan los dos aviso cierto.
Y es forzoso…

Hugo ¡Matilde!

Matilde Hugo, acordaos
que Adhel os libertó del cautiverio.

Hugo Lusiñán y Ricardo se aproximan.

Matilde Vos mi esperanza sois y mi consuelo.