Marianela

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 221
ISBN ebook:9788499533315
ISBN papel:9788499533322
Páginas:164
Portada:Cecilio Plá: Marianela
Notas de:Benito Pérez Galdós
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Descripción

En Marianela, de Benito Pérez Galdós, se relata el amor entre una chica pobre y no muy agraciada, y Pablo, un hombre ciego de nacimiento. La trama transcurre en Socartes, pueblo minero, y Aldeacorba, donde vive Pablo con don Francisco Penáguilas, su padre. La familia Penáguilas goza de una creciente riqueza y Pablo es feliz junto Nela, su lazarillo; con quien pasea y conversa. Nela es una pobre huérfana que vive con la familia del capataz de las minas, Centeno. Es menospreciada y solo siente alegría acompañando a Pablo. Sienten un amor profundo y Pablo le promete casarse con ella.
Pablo cree que Marianela es una mujer de extraordinaria belleza. Sin embargo, a Socartes ha llegado don Teodoro Golfín, un famoso oftalmólogo, con el propósito de curar a Pablo. ¿Por qué la naturaleza al colmarle de bienes materiales le niega lo único que puede hacerlo feliz? Al final de Marianela la operación de Pablo y su curación provocan un desenlace dramático.

 

Fragmento de la obra

Se puso el Sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España.)
Era un hombre de mediana edad, de complexión recia, buena talla, ancho de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad, y (dígase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por doquiera que se le mirara. Vestía el traje propio de los señores acomodados que viajan en verano, con el redondo sombrerete, que debe a su fealdad el nombre de hongo, gemelos de campo pendientes de una correa, y grueso bastón que, entre paso y paso, le servía para apalear las zarzas cuando extendían sus ramas llenas de afiladas uñas para atraparle la ropa.
Detúvose, y mirando a todo el círculo del horizonte, parecía impaciente y desasosegado. Sin duda no tenía gran confianza en la exactitud de su itinerario y aguardaba el paso de algún aldeano que le diese buenos informes topográficos para llegar pronto y derechamente a su destino.
—No puedo equivocarme —murmuró—. Me dijeron que atravesara el río por la pasadera… así lo hice. Después que marchara adelante, siempre adelante. En efecto, allá, detrás de mí queda esa apreciable villa, a quien yo llamaría Villafangosa por el buen surtido de lodos que hay en sus calles y caminos… De modo que por aquí, adelante, siempre adelante… (me gusta esta frase, y si yo tuviera escudo no le pondría otra divisa) he de llegar a las famosas minas de Socartes.
Después de andar largo trecho, añadió:
—Me he perdido, no hay duda de que me he perdido… Aquí tienes, Teodoro Golfín, el resultado de tu adelante, siempre adelante. Estos palurdos no conocen el valor de las palabras. O han querido burlarse de ti, o ellos mismos ignoran dónde están las minas de Socartes. Un gran establecimiento minero ha de anunciarse con edificios, chimeneas, ruido de arrastres, resoplido de hornos, relincho de caballos, trepidación de máquinas, y yo no veo, ni huelo, ni oigo nada… Parece que estoy en un desierto… ¡qué soledad! Si yo creyera en brujas, pensaría que mi destino me proporcionaba esta noche el honor de ser presentado a ellas… ¡Demonio!, ¿pero no hay gente en estos lugares?… Aún falta media hora para la salida de la Luna. ¡Ah!, bribona, tú tienes la culpa de mi extravío… Si al menos pudiera conocer el sitio donde me encuentro… ¿Pero qué más da? (Al decir esto, hizo un gesto propio del hombre esforzado que desprecia los peligros). Golfín, tú que has dado la vuelta al mundo, ¿te acobardarás ahora?… ¡Ah!, los aldeanos tenían razón: adelante, siempre adelante. La ley universal de la locomoción no puede fallar en este momento.