Memorias de un sargento de milicias

Ficha bibliográfica

Serie:Historia 17
ISBN ebook:9788490074640
ISBN papel:9788490077665
Páginas:200
Portada:Alessandro Cicarelli: Río de Janeiro
Traductor:Elvio Romero
Notas de:Antonio Candido de Mello
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Descripción

Memorias de un Sargento de Milicias es la única novela de Manuel Antonio de Almeida (Brasil, 1831-1861), fue escrita para el folletín del diario carioca Correio Mercantil cuando el autor tenía solo veintidós años y se ha convertido en un referente de la narrativa realista en el Brasil. Memorias de un sargento de milicias es un novela picaresca, de la vida pobre en el Río de Janeiro de Juan VI, y constituye una galería de tipos populares al tiempo que presenta un corte sincrónico de la vida familiar brasileña en los medios urbanos, en una fase en que prevalecía una estructura social que ya no era colonial aunque todavía se encontraba alejada del cuadro industrial burgués.
Realismo social, costumbrismo y un carácter picaresco son los tres pilares que confluyen en esta novela.

«Memorias de un Sargento de Milicias es uno de esos libros que a veces irrumpen, por así decirlo, al margen de las literaturas. Lo que mueve a sus autores es en esencia una reacción temperamental, que los lleva a enfrentarse a la retórica de su tiempo y a una visión «realista» de la vida, enriquecida por ellos con la acentuación deliberada de hechos y personas, valiéndose del humorismo, el sarcasmo, del perfil grotesco o caricaturesco, o de la burla.»

Mario de Andrade

Traducción de: Elvio Romero.

Edición de referencia: Biblioteca Ayacucho.

 

Fragmento de la obra

PRIMERA PARTE

I. ORIGEN, NACIMIENTO Y BAUTISMO

Era en tiempos del rey. Una de las cuatro esquinas que forman las calles del Ouvidor y la de la Quitanda, que se cortan mutuamente, se llamaba en ese tiempo La esquina de los Alguaciles; y le sentaba bien el nombre, porque allí era el lugar de encuentro favorito de todos los individuos de esa clase (que gozaba por entonces de no pequeña consideración). Los alguaciles de hoy no son más que la sombra caricaturesca de los alguaciles del tiempo del rey; esa era gente temible y temida, respetable y respetada; formaban uno de los extremos de la formidable cadena judicial que envolvía a todo Río de Janeiro en la época en que los pleitos eran entre nosotros un elemento de vida: el extremo opuesto lo constituían los desembargadores. Ahora bien, los extremos se tocan, y éstos, tocándose, cerraban el círculo dentro del cual se producían los terribles combates de citaciones, probatorias, razones principales y finales, y todas esas payasadas a las que se le llamaba proceso.
De ahí su influencia moral.
Pero tenían aún otra influencia, que es justamente la que le falta a los de hoy: era la influencia que derivaba de sus condiciones físicas.
Los alguaciles de hoy son hombres como cualquiera; nada tienen de imponentes, ni en su semblante ni en su vestir; se confunden con cualquier procurador, escribiente de escribanía o empleado de re partición pública. Los alguaciles de esa buena época no, no se confundían con nadie; eran originales, eran prototipos, en sus semblantes se traslucía un cierto aire de majestad forense, sus miradas calculadoras y sagaces significaban lío. Vestían circunspecta casaca negra, calzones y medias del mismo color, zapatos con hebilla, en el costado izquierdo aristocrático espadín, y en el derecho colgaban un círculo blanco, cuyo significado ignoramos, y coronaban todo esto con un grave sombrero de picos. Amparado bajo la importancia ventajosa de estas condiciones, el alguacil usaba y abusaba de su posición. ¡Era terrible, cuando, al dar vuelta a una esquina, o al salir por la mañana de su casa, el ciudadano se tropezaba con una de aquellas solemnes figuras que, desdoblando junto a él una hoja de papel, comenzaba a leerla en tono confidencial! Por más que se hiciese no había más remedio en tales circunstancias que dejar es capar de los labios el terrible —Me doy por citado—. ¡Nadie sabe qué significado fatalísimo y cruel tenían esas pocas palabras! Eran una sentencia de peregrinación eterna que se pronunciaba a sí mismo; querían decir que se comenzaba un largo y fatigoso viaje, cuyo término bien distante, era la caja de la Relación, y durante el cual se tenía que pagar el importe del pasaje en un sinnúmero de puntos; el abogado, el procurador, el interrogador, el escribano, el juez, inexorables Carentes, estaban en la puerta con la mano extendida y nadie pasaba sin haberles dejado, no un óbodo, sino todo el contenido de sus bolsillos, y hasta la última parcela de su paciencia.