Mercurio volante con la noticia de la recuperación

Book Information

Serie:Historia 553
Portada:Jesse Walter Fewkes: Kachinas. Amuletos de los indios Pueblo
Editor:Irving A. Leonard
Edición anotada:William G. Bryant
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Descripción

En Mercurio volante con la noticia de la recuperación de las provincias del Nuevo México el erudito Carlos de Sigüenza y Góngora relata la recuperación de la ciudad de Santa Fe, la capital de estado más antigua de los EE.UU., tras ser abandonada por los españoles durante doce años (1680-1692) a consecuencia de la Rebelión de los indios Pueblo.
Tras la muerte del líder pueblo Popé, Diego de Vargas restauró en 1692 el dominio español en la zona trayendo nuevos colonos y desarrollando Santa Fe como centro comercial. Los pobladores que volvieron fundaron la ciudad de Albuquerque en 1706, dándole el nombre del virrey de Nueva España, el duque de Alburquerque. Esta vez se establecieron nuevos acuerdos con los indios, que necesitaban aliados para enfrentarse a los saqueos de otros indios nómadas, los utes, apaches y comanches, que, por entonces, empezaron a llegar del norte.

 

Fragmento de la obra

El modo verdaderamente admirable y observado raras veces en las historias con que el dilatado reino del Nuevo México se sujetó al suave yugo del Evangelio, que años pasados sacudió de sí, y la facilidad con que negó la obediencia con desvergüenza, al mismo tiempo que se la negó a Dios en su apostasía, pedía para su relación no las hojas volantes que aquí están juntas, sino muchos pliegos de un gran volumen para que durase perpetuamente; pero la grandeza del hecho sin ponderaciones retóricas creo se conservará sin este requisito, mientras tuvieren su debido lugar las resoluciones heroicas, de cuya categoría es la presente y cuya entidad, más que las palabras pocas o muchas con que se razonare, será estimable siempre en la memoria común.
No haciendo caso de los viajes de fray Marcos de Niza y Francisco Vásquez Coronado por no haber sido precisamente al Nuevo México, como ellos mismos lo dicen, la primera noticia de sus provincias se la debió fray Francisco Ruiz, religioso observante de San Francisco a los indios conchos, a quienes administraba en el valle de San Bartolomé el año de 1581 y con licencia del excelentísimo señor conde de Coruña, virrey entonces de la Nueva España, y beneplácito de sus superiores, con dos compañeros de su hábito y ocho soldados se entró por ellas, pero por no sé qué accidente se volvieron éstos y prosiguieron el descubrimiento los religiosos. Obligó esta fervorosa temeridad a un fray Bernardino Beltrán a hacer cuantos empeños le parecieron a propósito para socorrerlos. Y ofreciéndose Antonio de Espejo, 7 vecino de México que allí se hallaba, a que lo haría con gusto, si alguno que tuviese autoridad pública se lo mandase. Con orden de Juan de Ontiveros, alcalde mayor de las Cuatro Ciénegas, salió a esta empresa.
Principióla a 10 de noviembre de 1582 con ciento nueve caballos y cuanto fue preciso, y llegó a la provincia de los conchos, pasaguates, tobosos, júmanas y a muchas otras. Súpose que en Poala, pueblo de los tiguas, habían muerto alevosamente a los que buscaban. Y dudando si se volverían a la Nueva Vizcaya, de donde habían salido, o proseguirían el descubrimiento de tan dilatadas y hermosas tierras, después de algunas consultas, se resolvió esto último. Con esta determinación corrieron la provincia de los queres, la de los cunames, donde el pueblo de Zia era la corte. De aquí pasaron a Acoma por entre los ameges y últimamente a la provincia de Zuñi. Quedándose aquí fray Bernardino Beltrán con casi toda la gente para volverse, prosiguió Antonio de Espejo con sólo nueve hombres su descubrimiento. Y después de haber hallado muchas naciones y vuelto a Zuñi (de donde aún no habían salido los que se quedaron, como lo hicieron después), prosiguió por la provincia de los queres, tamos y hubates, hasta salir a primero de julio de 83 al valle de San Bartolomé por el río de Conchas.
Con las noticias que por esta ocasión se adquirieron de la bondad de la tierra, intentó su pacificación o conquista un Juan Bautista de Lomas sin efecto alguno. Encomendósele después al general don Francisco de Urdiño­la y, por último, al adelantado don Juan de Oñate, natural de México, quien con varios sucesos, habiéndose posesionado de sus provincias a 30 de abril de 1588, las sujetó a la corona real de Castilla a fuerza de armas. Tomaron a su cargo los religiosos de San Francisco el doctrinar a sus moradores, erigiendo en sus pueblos una dilatada custodia. Fundóse la villa de Santa Fe, donde residía el gobernador y capitán general con su regimiento, y avecindándose muchos españoles por todas partes, se ennobleció aquel reino.
Con suficiente trato para pasar la vida con abundancia y regalo, y bien fundamentada en él (a lo que parecía) la religión católica, se iba pasando hasta que, valiéndose los indios de todos sus pueblos (sin excepción) de pretextos frívolos, emulándoles quizás a sus vecinos gentiles la vida ociosa o, lo más cierto, por el odio innato que a los españoles les tienen (presupongo que sería al principio entre algunos pocos), comenzaron con el más ponderable secreto que jamás ha habido a discurrir entre chicos y grandes el sublevarse. Por el prolijo tiempo de catorce años que duró esta plática sin que los españoles ni los religiosos que con más inmediación los trataban, no sólo llegasen a saberlo ni a presumirlo. Y en abandonar para siempre la cristiandad, destinaron el día 10 de agosto de 1680 para declararse.
Con el pretexto de acudir a misa, como en día festivo, al salir el sol, que era la fatal hora que de mancomún eligieron, se hallaron con sus armas en los conventos, donde descargaron la furia del primer avance. Pasaron de allí a donde había españoles, así en caserías como en haciendas, y en el corto tiempo de media hora consiguieron lo premeditado en catorce años. Lo menos fue haberles quitado la vida en tan breve espacio como a quinientas personas, entre quienes la perdieron a fuerza de tormentos y de ignominias veinte y un religiosos. Lo más fue haber profanado las iglesias, destrozando imágenes, pisado y escarnecido las especies eucarísticas. ¡Qué puedo añadir a semejante abominación! Pero no es digno de omitir el que no quedó piedra sobre piedra de los conventos y templos y que hasta en las gallinas, en los carneros, en los árboles frutales de Castilla y aun en el trigo en odio de la nación española se empleó su enojo.
No se atrevieron a hacer lo propio en la villa de Santa Fe. Pero a pocas horas después de haberse refugiado a ella algunos pocos seglares y religiosos que se les fueron de entre las manos en la Cañada, le pusieron sitio y se acuartelaron en el cordón que le echaron más de dos mil apóstatas. Capitaneaba a éstos Alonso Catiti, y otro no menos malvado indio que se llamaba Popé. Y era gobernador y capitán general de aquel reino don Antonio de Otermín y, como le faltaba a éste prevención (y lo mismo fuera a qualquiera otro) lo que a aquéllos le sobraba de gente y de fuerza de armas, no sólo no se les hizo oposición alguna pero por instantes, entre congojas y sustos, se temía la muerte. Púsose el mismo día donde los sitiados la viesen una bandera blanca, y acudiendo uno de los nuestros a esta llamada, se le envió a decir al gobernador: que saliendo de la villa cuantos en ella estaban y dejándoles su reino desocupado, se les concederían las vidas, y que de no ejecutarlo de esta manera (y al mismo tiempo mandaron arbolar otra bandera roja), los pasarían todos a cuchillo sin reservar persona.