Misericordia

3.00

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 222
ISBN ebook:9788499533452
ISBN papel:9788499533469
Páginas:242
Portada:Koloman Moser: Danza de la trucha
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Descripción

Las dotes de gran observador de Galdós se conjugan en Misericordia con su vigorosa capacidad para crear una ficción donde todo lo planteado va creciendo a partir de los personajes y de las acciones mismas. Misericordia nos traslada a la vida y los escenarios de los estratos más bajos del Madrid de entonces, en contraste con esa clase social acomodada pero venida a menos tan característica de la época.
Benina, vieja criada de doña Paca, mantiene a su arruinada señora gracias a lo que le ha ido sisando durante los años, pero también pidiendo limosna por las calles, haciendo creer a su señora que el dinero es fruto de su trabajo como cocinera en casa de un inventado sacerdote, don Romualdo. Asimismo, Benina sustenta a Obdulia, la neurótica hija de doña Paca, también empobrecida y con un marido alcohólico, y a un ex burgués y elegante pariente de ella que se ha arruinado totalmente, don Frasquito.
La mendicidad de Benina ha hecho que un ciego marroquí que vive de la caridad, llamado Almudena, se enamore de ella, llegando a sentir celos de don Frasquito. Almudena verá rechazado su amor por Benina. Más adelante, ambos serán detenidos por la policía por mendigar en las calles. Entonces, doña Paca y don Frasquito reciben una inesperada herencia de un arzobispo (curiosamente, llamado Romualdo, pero éste de verdad). Ante la ausencia de Benina y guiada por, Juliana, su rígida nuera, doña Paca, ignorante de todo, contrata a otra criada. Pero, tras salir Benina y Almudena de su reclusión, y al enterarse de lo ocurrido, Juliana influirá para que ni doña Paca ni nadie quiera saber nada de la vieja criada, a la que tratan como a una leprosa. Resignada, Benina se va a vivir con Almudena.
Don Frasquito, que había ayudado a recobrar la libertad a Benina y Almudena (que sí se había contagiado de la peste durante el encierro), defiende la bondad de Benina, pero horrorizado ante la ingratitud cometida le da un ataque y muere. Después, el clima de la casa, ahora rica, es de creciente tristeza y desasosiego. Juliana cree histéricamente que hasta sus hijos van a enfermar y a morir, hasta que recuerda las palabras de don Franquisto y va a visitar a Benina para pedirle, como santa que era, que salvaguarde la salud de sus hijos y, de paso, a confesar su culpa. Benina, tras prometérselo, le dice: «Vete a tu casa y no vuelvas a pecar».

 

Fragmento de la obra

Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián… mejor será decir la iglesia… dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en andaluz, que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio bifronte, con su torre barbiana, el cupulín de la capilla de la Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, majo, por decirlo de una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo mamarracho.