Episodios nacionales I. Napoleón en Chamartín

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 175
ISBN ebook: 9788490072455
ISBN papel: 9788490072837
Páginas: 220
Portada: Antoine Charles Horace Vernet : El emperador Napoleón en Madrid
Notas de: Benito Pérez Galdós
Category:Narrativa
Author:Benito Pérez Galdós
Categoría: Ediciones anotadas Etiquetas: España, Siglo XIX

Descripción

Napoleón en Chamartín es la quinta novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
Narrada por el cronista y personaje principal de estos Episodios Nacionales, Gabriel de Araceli, en esta novela se describe la entrada de Napoleón Bonaparte en Madrid acompañado de su ejército. Una vez ganada la batalla de Bailén el 19 de Julio de 1808, tanto los ciudadanos como los generales del ejército español entraron en una especie de letargo que duró cuatro meses, y la proximidad de los franceses a las puertas de Madrid les obligó a coger las armas y defender otra vez la patria. Benito Pérez Galdós nos describe los acontecimientos acaecidos durante los cuatro meses siguientes al éxito de Bailén, resaltando el desacuerdo que reina entre los generales más destacados de España, entre ellos Castaños, Palafox, Cuesta, Blake y Álava. La ciudad se prepara para resistir pero, como cuenta Gabriel, el 4 de diciembre de 1808 tendrá que rendirse. José I Bonaparte vuelve al trono.
Tras la capitulación, Santorcaz es nombrado jefe de alguaciles. Gabriel se entera de que quiere prenderle, y pide ayuda a la Condesa Amaranta para huir de Madrid. Pero al final permanece en la capital para evitar el rapto de su amada Inés, desoyendo los consejos de la condesa.

Edición de referencia: Madrid, Imprenta de José María Pérez, 1876.

 

Fragmento de la obra

I

El señor don Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, Alfoz, etc., etc., conde de Rumblar y de Peña-Horadada, hacía en Madrid la siguiente vida:
Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se ponía a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo la cuerda del necesario alimento, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá de la media docena de bollos de Jesús reblandecidos en dos onzas de chocolate. Incontinenti tenía lugar la operación de vestirse y calzarse, no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo, espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega, donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje la casa de Rumblar concertara genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta visita no era de mucho tiempo, y al poco rato salía don Diego para encaminarse ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde vivía un señor de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Era creencia general que comían juntos, y luego leían la Gaceta, el Semanario patriótico, el Memorial literario y cuantos papeles impresos venían de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el anochecer; y por fin a la hora y punto en que las calles de Madrid se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos galanes salían juntos en luengas capas embozados, y a veces con traje muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio, según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de don Diego de Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, así como también es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en algunos pormenores de sus escandalosas aventuras, están conformes en afirmar que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi nunca dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda por vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por nombre la Zaina o la Zunga, pues en este punto existe una lamentable discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos y demás graves personas que de las hazañas de tan famosa hembra han tratado.
Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia Rejoncillos los dos apodos con que la apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la Zaina, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, pues aunque a los caballos castaños se les llama zainos, no sé si esto cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, que la palabreja significa también traidor, falso y poco seguro en el trato, y falta saber si la hija del tío Rejoncillos, alias Mano de mortero, merecía aquellos dictados, y por lo tanto, el ser tenida por la flor y espejo de la zainería.