Noche de venganzas

Ficha bibliográfica

Serie:Narrativa 139
ISBN ebook:9788498976847
ISBN papel:9788498161625
Páginas:66
Portada:Escudo de la provincia de Burgos
Ilustrador:Autores varios
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Descripción

Noche de venganzas. Eusebio Martínez de Velasco

 

Fragmento de la obra

I

Sin disputa la ciudad de Burgos es una de las poblaciones más bellas de nuestra España.
Escrita en su recinto con páginas de piedra la historia de la patria, observa el viajero inapreciables reliquias de la civilización romana en las alturas de San Miguel y de San Quirce; comprende los encantos de las construcciones árabes en los bellos arcos de San Martín y San Esteban; se detiene extasiado ante la vaguedad sombría y mágicos adornos de su maravillosa Basílica; recuerda la severidad clásica de Ventura Rodríguez a la vista de sus grandiosas creaciones, y discurre, en fin, sobre el egoísmo y volubilidad que caracteriza a nuestro siglo al tender los pasos por las alineadas calles y deliciosos paseos con que la ha enriquecido la generación presente.
El que contemplase la orgullosa Caput Castellæ, desde la cumbre del vecino cerro que a su espalda se levanta, cuyas anchas colinas la ciñen desde Norte a Oriente, gozaría de uno de los panoramas más bellos que hubiera podido imaginarse.
Por enmedio de una vega pintoresca, y parecido a una cinta de plata que se extiende sobre el verde follaje, camina el Arlanzón histórico que baja despeñándose desde la inmediata sierra de Oca, formando vistosísimas cascadas y diáfanas corrientes; a cada lado de sus riberas se levantan magníficos edificios, de esbeltas formas y risueños colores los modernos, de severos pilares o caprichosos detalles los antiguos, como las lindas manzanas de casas que se extienden desde las murallas de los Cubos hasta el memorable Puente de las Viudas, como el arco triunfal de Santa María o la aérea espadaña del convento de San Pablo. Dominándolo todo a semejanza de los altos cedros que sacuden su espesa cabellera por encima de los árboles cercanos, divísanse las afiligranadas torres de la gran Basílica, obra de ángeles, como lo llamaba Felipe II; joya de inestimable valía que debiera estar cubierta de riquísimos encajes, según la poética expresión de Carlos I; memoria imperecedera de la religiosidad e ilustración de los ultrajados tiempos de la Edad Media, sacrílegamente escarnecidos por aquellos que no saben comprenderlos.
Más allá del extenso círculo en que se encierra la noble corte de los Jueces y Condes de Castilla, descúbrense las indefinibles torres del Hospital del Rey y de la célebre abadía de las Huelgas, coronadas de morunos adornos y ceñidas de gótica crestería; la renombrada Cartuja de Miradores, sepulcro de Don Juan II, el rey poeta, mandada construir por la incomparable Isabel la Católica; el insigne convento de San Pedro de Cardeña, solariega mansión del victorioso conde de Castilla Fernán González y tumba gloriosa del Cid, y en fin, el suntuoso monasterio de Frendesval, saqueado en 1808, devastado y profanado en 1835, casi reducido a escombros en 1840, y hoy convertido en fábrica de cerveza y bebidas gaseosas, con mengua de la decantada civilización de nuestros días.
Tal es Burgos, la soberbia Caput Castellæ, museo predilecto de las bellezas artísticas que nos legaron los pasados siglos, «donde el gusto y la elegancia de aquella mal comprendida época —como dice el sabio arqueólogo M. Bosarte—, han sacudido sus alas cubiertas de aljófar y pedrería, para dejar inundado de tesoros el suelo querido de los Fernandos e Isabeles».