Paradiso

Ficha bibliográfica

Serie: Narrativa 124
ISBN ebook: 9788490073971
ISBN papel: 9788490076996
ISBN CM: 9788490079430
Páginas: 574
Portada: Hieronymus Bosch: Jardín de las delicias
Prólogo de: Rolando Sánchez Mejía
Notas de: Rado Molina
Categories:Contemporáneos, En preparación, Narrativa, Novedades
Author:José Lezama Lima
Categorías: Cuba después de 1959, Cultos modernos, Ediciones anotadas Etiquetas: Cuba, Siglo XX

Descripción

Paradiso. José Lezama Lima

Más que una novela, Paradiso, de José Lezama Lima, es un arte poético. Este es un libro que narra la historia de una familia cubana, y que a su vez discurre sobre qué es la poesía, la literatura y la historia espiritual para Lezama Lima. Paradiso sufrió la censura y se le acusó de pornográfica y oscura. Sin embargo, algo tiene este libro de culto que hace que hasta sus pasajes más incomprensibles sean, a su vez, un misterio que nos imanta. Sería deshonesto decir que es un libro fácil de leer. Los lectores de Paradiso somos, más bien, los miembros de un club, que no puede resistirse a la tentación de compartir este libro, para nosotros una joya del barroco latinoaméricano.
Al respecto, nos parece oportuno citar al crítico peruano José Miguel Oviedo, para quien la tendencia al retruécano, las espirales envolventes y la oscuridad del autor de La expresión americana «es el fruto natural de un saber intoxicante que se desborda en una prosa cuyo flujo tiene algo de incantatorio y ritual».

 

Fragmento de la obra

La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas, y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía a los charcos, ahuyentando a los escarabajos.
Baldovina se desesperaba, desgreñada, parecía una azafata que, con un garzón en los brazos iba retrocediendo pieza tras pieza en la quema de un castillo, cumpliendo las órdenes de sus señores en huida. Necesitaba ya que la socorrieran, pues cada vez que retiraba el mosquitero, veía el cuerpo que se extendía y le daba más relieve a las ronchas; aterrorizada, para cumplimentar el afán que ya tenía de huir, fingió que buscaba a la otra pareja de criados. El ordenanza y Truni, recibieron su llegada con sorpresa alegre. Con los ojos abiertos a toda creencia, hablaba sin encontrar las palabras, del remedio que necesitaba la criatura abandonada. Decía el cuerpo y las ronchas, como si los viera crecer siempre o como si lentamente su espiral de plancha movida, de incorrecta gelatina, viera la aparición fantasmal y rosada, la emigración de esas nubes sobre el pequeño cuerpo. Mientras las ronchas recuperaban todo el cuerpo, el jadeo indicaba que el asma le dejaba tanto aire por dentro a la criatura, que parecía que iba a acertar con la salida de los poros. La puerta entreabierta adonde había llegado Baldovina, enseñó a la pareja con las mantas de la cama sobre sus hombros, como si la aparición de la figura que llegaba tuviese una velocidad en sus demandas, que los llevaba a una postura semejante a un monte de arena que se hubiese doblegado sobre sus techos, dejándoles apenas vislumbrar el espectáculo por la misma posición de la huida. Muy lentamente le dijeron que lo frotase con alcohol, ya que seguramente la hormiga león había picado al nido cuando saltaba por el jardín. Y que el jadeo del asma no tenía importancia, que eso se iba y venía, y que durante ese tiempo el cuerpo se prestaba a ese dolor y que después se retiraba sin perder la verdadera salud y el disfrute. Baldovina volvió, pensando que ojalá alguien se llevase el pequeño cuerpo, con el cual tenía que responsabilizarse misteriosamente, balbucear explicaciones y custodiarlo tan sutilmente, pues en cualquier momento las ronchas y el asma podían caer sobre él y llenarla a ella de terror. Después llegaba el Coronel y era ella la que tenía que sufrir una ringlera de preguntas, a la que respondía con nerviosa inadvertencia, quedándole un contrapunto con tantos altibajos, sobresaltos y mentiras, que mientras el Coronel baritonizaba sus carcajadas, Baldovina se hacía leve, desaparecía, desaparecía, y cuando se la llamaba de nuevo hacía que la voz atravesase una selva oscura, tales imposibilidades, que había que nutrir ese eco de voz con tantas voces, que ya era toda la casa la que parecía haber sido llamada, y que a Baldovina, que era solo un fragmento de ella, le tocaba una partícula tan pequeña que había que reforzarla con nuevos perentorios, cargando más el potencial de la onda sonora.

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