Poemas de Gutierre de Cetina

Ficha bibliográfica

Serie:Poesía 31
ISBN ebook:9788499534039
ISBN papel:9788498162547
Páginas:272
Portada:Francisco Pacheco: Retrato de Gutierre de Cetina
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Descripción

Los Poemas de Gutierre de Cetina muestran el estilo exquisito del autor, quien siempre vivió rodeado de grandes figuras del poder y la cultura; en estrecha amistad con Diego Hurtado de Mendoza y Jorge de Montemayor.
Los Poemas de Gutierre de Cetina destacan por su respeto de las formas poéticas y su ritmo exaltado e intenso. Escribió letrillas, madrigales y canciones, y también sobresalió en la nueva técnica italiana, en boga por esos tiempos. Cetina se distingue por su fantasía, delicadeza, fluidez y, en particular, por su escritura amatoria. La primera edición moderna y anotado de estos poemas estuvo a cargo de Joaquín Hazañas y la Rúa.

 

Fragmento de la obra

Ojos claros, serenos

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

Ay, qué contraste fiero

¡Ay, qué contraste fiero,
señora, hay entre el alma y los sentidos,
por decir que os doláis de los gemidos!

Ninguno dellos osa:
cada cual se acobarda y se le excusa
al alma deseosa,
que de su turbación la lengua acusa.

Ella dice confusa
que os dirá el dolor mío,
si la deja el temor de algún desvío;
pero de un miedo frío
la cansa el corazón, y de turbada,
cuando algo os va a decir, no dice nada.

Al corazón no agrada
la excusa, y dice que es della la mengua,
que el quejarse es efecto de la lengua.
El uno al otro amengua;
el vano pensamiento
no sabe dar consejo al desatiento.

La razón sierva siento,
que solía un tiempo entre ellos ser señora,
y el esfuerzo enflaquece de hora en hora.
La mano no usa agora
del medio que solía;
que el temor la acobarda y la desvía.

La sangre corre fría
a la parte más flaca, y de turbado,
el triste cuerpo tiembla y suda helado.
¡Ay, rabioso cuidado!
Pues si el alma contrasta a los sentidos,
¿quién dirá que os doláis de mis gemidos.